OPINIÓN POLÍTICA

«Los gobiernos han inducido el miedo, la angustia y el sentimiento de culpabilidad» – Decano del Colegio de Biólogos de Euskadi

Para este fin de año he elaborado un escrito que basándose en argumentos científicos, no es un escrito puramente técnico de ciencia, ya que más bien es de un cariz más ideológico. En el incido en todas aquella ideologías que normalmente han defendido la democracia y la libertad, pero que con esta pandemia han aceptado la regresión de nuestras libertades. También tiene el cometido de decirles a todas aquellas personas que por no estar de acuerdo con lo que he ido exponiendo, se planteen al menos que puede existir una duda razonable.

REFLEXIONES SOBRE EL AÑO 2020, AÑO DE LA PANDEMIA DE LA COVID

Después de todo lo acontecido durante este año 2020, me vienen a la mente varias reflexiones, producto de la dimensión dramática del relato de una pandemia vírica que mediante la utilización de los resortes del poder económico global y con la connivencia de los medios de comunicación (no dejan de ser la herramienta de ese poder), de gobiernos, políticos tanto de la
derecha como de la izquierda, de la falta de criticidad o al menos de plantearse dudas
razonables de determinados profesionales sanitarios y científicos, se ha tejido un relato que más que científico se ha basado en una restricción de libertades, viendo peligrar las conquistas sociales, el estado de derecho, la democracia que está llevando a la sociedad a un estado de insolidaridad y miedo de la que nos costará cierto tiempo en ver la salida.

En primer lugar hay que decir que esta pandemia tiene de inicio un referente bélico que ha impregnado el discurso de la mayoría de los gobiernos del mundo y, en especial del gobierno del estado español con una puesta de escena militar en sus primeras comparecencias, como si se tratase de una crisis bélica y no de una crisis sanitaria. Lo malo de ello es que tanto la oposición tanto si se mira a la derecha como si se mira hacia la izquierda ha demostrado ser partícipe de esta retórica de la guerra con ciertos tintes de patriotismo, cuando antes de este enemigo vírico, hemos tenido otros enemigos de gran calado (hambre, desigualdad, miseria, especulación, pérdida de biodiversidad, amenazas ecológicas) donde no se ha sido tan beligerante como llegar a como se ha llegado a parar el mundo como se llevado a cabo con esta crisis, cuando lo que realmente ha habido es una crisis de tipo biológico que ha afectado a la mayoría de los sectores productivos, dentro del ámbito sanitario, social, económico y político.

Se dirá que lo primero es la salud, pero también es salud, con cifras de fallecimientos superiores cada año a la covid, los que mueren e hambre, de cáncer, de enfermedades respiratorias, de enfermedades coronarias, de enfermedades mentales, algunas, por cierto, ocasionadas por las medidas tomadas con esta pandemia (pérdida de trabajo, no poder despedirse de los mayores, depresiones, etc). Siendo una cuestión de tal naturaleza, cabría suponer que una ciencia como la biología,y
teniendo como principal premisa la duda razonable, tendría mucho que aportar, por más que, curiosamente, su participación en el debate mediático y socio-digital ha sido prácticamente irrelevante hasta hoy.

En relación al tema concreto que aquí nos interesa, el patógeno ideal, el bien adaptado, es aquel que consigue un nivel muy elevado de transmisibilidad (se contagia fácil y rápido) con una tasa muy baja de letalidad (mata poco en relación a la
población que infecta). Aunque no siempre, o no del todo, ambas cosas están relacionadas: un virus muy letal no da
tiempo suficiente a que el individuo que infecta actúe como un eficaz vector de transmisión, al igual que ocurre con otros coronavirus responsables de buena parte de las actuales infecciones de resfriado común y los catarros, presentándose, por lo tanto, como un buen candidato para quedarse entre nosotros, particularmente si disminuye su letalidad manteniendo su actual transmisibilidad, evolución que parece la más probable.

Tras estas consideraciones podemos ir a lo esencial. No es la medicina, ni la farmacopea, ni las instalaciones hospitalarias, ni el sistema sanitario, ni el Estado quien cura a los infectados por el SARS-CoV-2, sino la respuesta inmunológica (biológica, por tanto) de cada ser humano
infectado, siendo, por lo tanto, al final la biología de cada persona lo decisivo. Conforme la proporción de la suma de infectados e inmunizados se va haciendo mayor, el virus tiene crecientes dificultades de propagación, llegando a la inmunidad colectiva que no es sino la conjunción de las inmunidades individuales.

El Gobierno y los gobiernos de las Comunidades Autónomas han desperdiciado la ocasión, evitando explicar esta epidemia desde sus fundamentos biológicos. ¿Es que los portavoces gubernamentales en sus periódicas intervenciones han dejado claro, en algún momento, que ante la falta de fármacos efectivos y de una vacuna, la única opción que se tenía era la de la inmunidad individual y, por lo tanto de la colectiva. ¿No es condición imprescindible para que se
de esa inmunidad individual y colectiva el que exista un proceso previo de infección?.

La estratega de la inmunidad debería haberse realizado, evitando en lo posible, como ya se hace con la gripe, el que la población de riesgo, con patologías, se contagie lo menos posible. Y si bien la mayoría de esos mayores vivían en sus hogares (solos o con descendientes más
jóvenes), una minoría porcentual, pero cuantiosa en cifras absolutas, se encontraba en los distintos tipos de residencias, ya fueran éstas públicas o privadas. Así que lo que se tenía que haber hecho es centrarse de manera inexcusable en aislar esos centenares de miles de residentes de la infección por el SARS-CoV-2 utilizando para ello todos los medios disponibles, siendo, como hemos podido comprobar, las residencias las grandes olvidadas.

Los gobiernos y los políticos y las administraciones sanitarias, han hecho todo lo contrario, han inducido el miedo, la angustia y el sentimiento de culpabilidad en una gran mayoría de ciudadanos que han interiorizado que tanto ser infectado como infectar es lo peor que puede ocurrir, utilizando únicamente como herramienta de una forma obstinada los cifras de PCR
positivos, cuando estas aportan muy poco al conocimiento de la evolución de la pandemia. Se puede decir que la mitad o más de los fallecimientos sucedidos en España por la covid-19 podrían, en cierta medida, haberse disminuido, ya que, no han ocurrido por la particular virulencia del microorganismo (una cuestión biológica), sino en mayor medida por la imprevisión, inacción e impericia humanas (una cuestión social).

El SARS-CoV-19 ha provocado que, en los aparentemente confortables sistemas asistencial y sanitario españoles, queden al desnudo mostrando sus más que graves carencias, y junto a los recortes que ya se
iban dando, lo que se ha conseguido es potenciar el sector privado de la sanidad y de la tercera edad, favoreciendo que la salud sea motivo de enriquecimiento y especulación.

Inicialmente con la pandemia se decretó un confinamiento domiciliario generalizado y con ello la paralización de la mayor parte de la actividad económica. Dos errores concatenados. Ni un confinamiento generalizado de la población, ni un parón general de la economía eran las
actuaciones más adecuadas. Si se hubiesen examinado las tablas de mortalidad de la epidemia habría que haberse dado
cuenta de que, caso de instaurar algún tipo de confinamiento, este no debía de ser el que se eligió. No tenía sentido un enclaustramiento generalizado y homogéneo de toda la población
porque, tanto los casos más graves de la covid-19 como las defunciones que ésta finalmente provocaba, no tenían nada de generalizado o de homogéneo, observando que la mortalidad se concentraba de forma muy desproporcionada en los segmentos de mayor edad: el 99% de las defunciones eran de personas de más de 45 años, el 97% de más de 55, el 95% de más de 60 y el 92% de más de 65. Si se tiene en cuenta que la en la actual población española, la mitad de sus integrantes tiene menos de 45 años y los mayores de esa edad suponen la otra mitad,
vemos que esta última acumula el 99% de las muertes provocadas por la covid-19, siendo el 1% restante de los fallecimientos en el segmento de población menor de 45 años.

¿Qué sentido tiene entonces tratar a estos dos agregados poblacionales tan diferentes
respecto a la mortalidad causada por la covid-19 como si fueran una población homogénea de cara a la epidemia o, mejor dicho, a los efectos más graves de la epidemia?, ¿qué justificación tiene el establecer, y además coercitivamente un idéntico confinamiento, general e
indiscriminado, a toda la población?.

La propuesta hubiese consistido en dos actuaciones complementarias, favoreciendo la inmunidad de población, pero protegiendo de la infección previa a aquella parte de esa población potencialmente más frágil respecto a la misma. El «no te infectes, no infectes» solo sería una norma de actuación adecuada para este último agregado poblacional. Para ello no debería recurrirse a la prohibición y a la coacción física o económica, sino que debería haberse recurrido a una pedagogía centrada en lo que biológicamente es una epidemia
y en las secuelas sociales, económicas y políticas que puede comportar, y, por supuesto, el no haber decidido, no ya acciones, sino inacciones como las producidas a cuenta de las residencias de mayores alcanzando a tener todavía más gravedad, al haber abandonado, bordeando lo criminal, a las personas de ese segmento de población más sensible a la epidemia, que debería haberse preservado de la inmunidad, y, por lo tanto, del contagio.

Ante los epítetos de insolidarios trasladados desde los distintos ámbitos de poder e inculcados con el miedo a gran parte de la población, hay que decir, que la solidaridad solo se puede practicar desde la libertad, ya que cuando se consigue con el empleo de la coacción, pasa a tener otro nombre: sumisión. El objetivo tenía que haber sido doble: por un lado, minimizar la letalidad de la epidemia, y por otro, moderar su transmisibilidad, aunque sin intentar anularla.

¿Acaso alguien piensa que la mortandad acontecida en las residencias españolas tiene algo que ver con el pretender aumentar la inmunidad colectiva? ¿Que tiene que ver con tal inmunidad el que un colectivo que comprendía menos del 1% de la población haya acumulado casi el 50% del total de fallecidos oficiales y extraoficiales?¿Cómo han podido darse semejantes mortandades? ¿Y para qué?

Pues, desgraciadamente, una gran parte de los
residentes que se infectaron no pudieron contribuir a la mejora de la inmunidad de grupo porque sencillamente murieron.
Es muy posible que anticuerpos producidos tras la infección de otros coronavirus -los
causantes de buen número de procesos catarrales, puedan conferir algún grado de inmunidad frente al SARS-CoV-2, siendo ello lo que se conoce como inmunidad cruzada, siendo un ejemplo la resistencia de los niños a sufrir covid-19, y su prácticamente nula mortalidad por la misma, debido a una respuesta a los anticuerpos generados por los frecuentes catarros que padecen y que, aunque no específicos respecto al coronavirus responsable de la actual
epidemia, ayudarían en cierta medida a minorarla.

Se puede creer o no en la inmunidad de grupo como estrategia frente al actual coronavirus, pero lo que no cabe creer es en la inexistencia de tal inmunidad, y tras la estrategia seguida, por las autoridades estatales y autonómicas, de insistir en el escaso porcentaje de población inmunizada esgrimiendo que se hubiera elevado la tasa de mortalidad, se han afrontado y se
afrontan actualmente unos meses con plena fe en la estrategia que eligieron desde el principio, la del contagio cero, y, ello conlleva una inacabable secuencia de actuaciones: vigilar, testar, comprobar, identificar, aislar y llegado el caso, confinar, para después desconfinar, y si todo sale bien, volver a vigilar, testar, identificar y aislar, hasta volver a confinar si fuera necesario, y así hasta que la vacuna nos salve.

Hay que tener en cuenta que la vacuna “artificial” y la infección “natural” son solo modalidades de búsqueda de un idéntico objetivo: la inmunidad de las personas y la de los colectivos. En este caso tenemos que de las vacunas creadas a partir de ácidos nucleicos no existen precedentes.

La OMS ha establecido que la eficacia mínima deseable de una vacuna no debería ser inferior al 50%, pero hay que recordar que, por ejemplo, la última vacuna contra la gripe estacional tuvo una eficacia menor de ese 50%. ¿Cómo se va a trasmitir a la población que semejante milagro de la tecnociencia contemporánea solo vaya a servir a uno de cada dos a quienes se les
proporcione cuando las autoridades sanitarias y no sanitarias, tanto gubernamentales como autonómicas, han creado sistemática y concienzudamente en los ciudadanos toda una ilusión
(mucho más ilusa que esperanzadora) corriendo el riesgo de quebrarse en mil pedazos antes de poder materializarse?.
¿Es que la estrategia que se ha seguido por parte de los gobernantes y políticos no ha sido la de morir en vida?.

Cuando alguien, una persona, un grupo, una ciudad, un país, no sigue los pasos que están
dando la mayoría restante, se corresponde con sorpresa, desconfianza, desdén y finalmente con reprobación. La disidencia nunca está bien vista. Esto ocurrió con países como Suecia, la Agencia de Salud Pública, independiente, por cierto, del propio gobierno sueco decidió no sumarse a la receta frente a la covid-19 de prácticamente el resto de países europeos, resultando en un cierto rechazo por parte del resto de los países y lo que es peor de la población de esos países al estar totalmente condicionados por el discurso oficial con una total falta de pedagogía. Suecia no confinó a su población, ni suspendió las clases, ni paró la actividad económica, ni
prohibió las reuniones de menos de 50 personas, ni clausuró restaurantes y bares, ni, por supuesto, impidió el poder pasear o hacer ejercicio físico. Recomendó, eso sí, aunque no obligó, el distanciamiento físico, el frecuente lavado de manos, pero no el uso mascarillas, salvo casos muy determinados y si precauciones especiales para los mayores de 70 años.

Tampoco cerró sus fronteras, porque como resaltó el principal responsable de toda esta
estrategia, el epidemiólogo Anders Tegnell, la covid ya estaba extendida por todos los países. El Gobierno sueco de coalición socialdemócrata-verde ha emprendido una
investigación tras el relativo fracaso de la estrategia de la independiente Agencia de
Salud Pública. El Gobierno español de coalición entre el Partido Socialista y Unidas
Podemos, y todo los grupos políticos del arco parlamentario que ha gestionado directamente la lucha contra la epidemia, no han optado por investigar que es lo que ha ocurrido, aunque su fracaso es ostensiblemente mayor que el sueco, ya que la tasa de mortalidad de Suecia es de 77, mientras que la del estado español es de y no digamosla de Euskadi con un valor de .

Se podría pensar que las diferencias entre un gobierno rojiverde y otro rojivioleta, no deberían ser muy grandes: no están, ciertamente, en las antípodas ideológicas. Pero, ya ven, ni en la estrategia seguida frente a la covid-19, ni en la autocrítica respecto a la misma se parecen. Debe de haber razones mucho más profundas en esta disimilitud que el mero posicionamiento ideológico, muchas veces superficial cuando no oportunista.

La estrategia de los confinamientos, que se ha llevado a cabo por la mayoría de los gobiernos, es una estrategia errada y peligrosa, con gravísimos efectos sanitarios y económicos que no están siendo suficientemente contemplados, siendo más acertado, desde el punto de vista científico, el concentrar los recursos y esfuerzos en la protección y el seguimiento efectivo del
10% de la población que constituye el grupo de más alto riesgo, sin confinar al resto.
La estrategia que se sigue es la de ir hacia el contagio 0. Ese es el objetivo final. Pero, casi con total seguridad, algo inalcanzable hoy por hoy, siendo la salida frente a este poco atrayente camino, el que en lugar de considerar al contagio como el centro del problema, este se convierta en parte de la solución. Porque contagiarse y contagiar no es algo necesariamente negativo para el individuo y la comunidad, siempre que se cumplan tres requisitos esenciales.

El primer requisito es que el infectado desarrolle inmunidad (bien sea por anticuerpos o por inmunidad celular) durante un tiempo razonablemente prolongado y con unos niveles de respuesta adecuados frente a una posible reinfección. Si esta inmunidad individual alcanzara a
la gran mayoría de miembros de la población se lograría una inmunidad colectiva que detendría prácticamente la epidemia.

El segundo requisito es que el contagio no se produzca en personas calificadas de alto riesgo, fundamentalmente las de mayor edad y aquellas otras que con independencia de la misma presenten graves patologías previas.

El tercer requisito es que los contagios que se produzcan, por contra, en personas de bajo y muy bajo riesgo de muerte de manera que se modulen espacial y temporalmente a fin de evitar colapsos en el sistema sanitario.

Otra de las herramientas utilizadas como las mascarillas, hay que decir, que no posibilita a su usuario respirar mejor, sino más bien lo contrario dificultando, al menos en alguna medida, tanto la inspiración como la espiración. La apelación al uso universal de la mascarilla es uno de los pocos clavos que tienen a los que agarrarse. Con ello consiguen, además, que la responsabilidad de lo que ven como indeseable evolución de la epidemia se traslade de las medidas institucionales al comportamiento de los
individuos. Si los contagios no se paran es porque muchos siguen sin lavarse las manos, sin respetar la distancia de seguridad y, sobre todo, sin ponerse la mascarilla. De esta manera convergen con la histeria de una parte sustancial de la población, en particular las personas de
cierta edad que asustadas, con razón, incluso aterrorizadas por la letalidad que en los mayores ha provocado la covid-19, señalan a la indisciplina de los jóvenes y otras personas como la causa de sus desdichas actuales o futuras. La esquizofrenia y la histeria se conjuntan así en el ensalzamiento de un icono: la mascarilla. La mascarilla es un icono visual muy perceptible y su ausencia moviliza fácilmente el encono de muchos que creen ver en esa ausencia un ataque directo a su salud e incluso a su supervivencia.

Es probable que mi apuesta al ser biólogo se base en el principio de la inmunidad como
fenómeno de inequívoco carácter biológico, al existir una interconexión entre la actividad celular y la producción y efectividad de los anticuerpos, de forma que las moléculas, las células y los tejidos que participan en la respuesta inmunológica formen un verdadero sistema inmunitario
en el que sus distintas partes estén conectadas entre sí influyéndose mutuamente en su acción
inmunitaria.

Por lo tanto, frente a aquellos que ven a la futura vacuna como un remedio que roza lo
milagroso, tal vacuna es, en realidad, únicamente un estímulo, para que cada persona desarrolle su particular respuesta inmunitaria; respuesta que, sumada a muchas otras, conduce a una inmunización colectiva. Con vacuna o sin vacuna, nuestra respuesta inmunitaria es (y será) la indiscutible protagonista.

Sin entrar en lo que puede representar una vacuna, que se ha en unos pocos meses, que
puede tener sus efectos secundarios y que no es una vacuna al uso de un virus atenuado ya que en ésta se utiliza ARN mensajeros, lo que se ha pretendido desde siempre con la vacuna es que el sistema inmunitario aprenda a reconocer el virus para luego atacarlo creando
anticuerpos de forma que con la propia memoria de determinadas células del organismo se pueda uno defender de la infección a lo largo de su vida. Existe una diferencia y es que si el virus muta como ocurre con el de la gripe esta vacuna es nueva cada año de ahí que la vacuna
de la gripe como lo demuestran los datos tenga una eficacia del 50% , es decir,
estadísticamente no significativa, siendo por ello que la gente que no se vacuna utilice su
sistema inmune de forma que al igual que se pretende con la vacuna se pueda tener la
enfermedad con una sintomatología más débil e incluso sin sintomatología.
Como la información que nos están dando es que el virus de la Covid ha mutado, de ello se puede deducir que esta vacuna en todo caso tendrá a lo sumo una eficacia semejante a la de la
gripe.

Por otra parte con la vacuna se pretende generar en el organismo la infección con una sintomatología débil de la enfermedad, por lo que si esa es la cuestión no tendría que diferir de lo que se propone en este escrito de facilitar la inmunidad natural, ya que, ¿no tendrán, con mayor razón, capacidad de contagiar los propios vacunados sean asintomáticos o no, al igual
que se ha dicho con los falsos positivos asintomáticos?, ¿no estará expuesta la población que no se vacune a que los vacunados les contagien?, ¿no existe una irresponsabilidad en las
administraciones sanitarias y profesión sanitaria de haber vendido esta vacuna como si fuese el santo grial que nos va a permitir dejar a un lado la pandemia?, ¿no sería más adecuado haber facilitado la convivencia con el virus, en el sector de población de no riesgo, para que nuestro
sistema inmune proteja nuestro organismo.

Háganse la pregunta ¿ quienes son los mayores beneficiarios de que con toda probabilidad ahora tengamos cada año no una sino dos campañas de vacunación?.

Curiosamente ante el anuncio de los esperanzadores resultados de las vacunas fabricadas por Pfizer y Moderna, que hicieron dispararse en bolsa el valor de los títulos de ambas compañías, los altos cargos de las dos farmacéuticas corrieron a vender el grueso de sus acciones, con el fin de llevar a cabo una especulación financiera ante la perspectiva de embolsarse millones de
dólares en un sólo día, como de hecho así sucedió.

Si el desarrollo de las vacunas convencionales sigue habitualmente un protocolo en el que, desde el inicio hasta el comienzo de la fabricación masiva, llegan a transcurrir más de 6 años de pruebas y estudios, ¿por qué no es razonable tener dudas acerca de la efectividad, la seguridad y la inocencia de una vacuna de nueva tecnología ARN, creada y aprobada por
procedimientos de emergencia en menos de dos años? ¿Por qué no se puede tener dudas
razonables con un tratamiento tan poco contrastado y tan sujeto a fuertes intereses
comerciales?.

Ante lo dicho por la OMS de que este virus puede ser endémico como el de la gripe, es decir que se quedará entre nosotros con sus diferentes mutaciones, ¿no es razón más que suficiente para que en vez de intentar el contagio cero, en vez de experimentar con una vacuna que en el mejor de los casos no tendrá una efectividad mayor que la de la gripe, convivamos con el virus adaptando la estrategia de la inmunidad de una parte importante de la población, protegiendo
del contagio al sector de la población que presenta patologías de riesgo?.

No se entiende que grupos que ideológicamente siempre se han posicionado ante la injusticia y la libertad de pensamiento, estén en este momento posicionados en la defensa a ultranza, tanto de los confinamientos como de la vacunación obligatoria y las medidas coercitivas que se establecen para los “insumisos” y los “insolidarios”.

No se entiende que no se creen comisiones científicas independientes, que investiguen, de forma paralela y sistemática, las causas, responsabilidades, estrategias y terapias propuestas para la solución de esta crisis global, en vez de imponer un discurso único, secundado por gobiernos desconcertados, temerosos del descrédito e hipotecados a los grandes poderes
económicos globalistas, contando para su difusión con el apoyo de la prensa, para hacer la labor de control de la población mediante el arma más potente que existe como es la utilización de demagógica de la salud y la muerte.

Y como pregunta final ¿no resulta alarmante para la democracia y para los posicionamientos ideológicos en favor de la libertad que se esté relegando, sin argumentos serios, a la denigrante condición de “terraplanista” a cualquier voz crítica con el discurso oficial? ¿No deberían ser los propios Estados quienes promovieran un verdadero debate científico, libre y transparente, sobre el mal que nos azota en estos momentos, con el fin de, por una parte afrontar la pandemia y por otra preservar el tejido socioeconómico de una sociedad, de manera que estuviésemos realizando, en esencia, un ejercicio de biosostenibilidad?.

Redacción de euskalnews.com

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