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Exposición sobre Bilbao y la Pintura en el Guggenheim

EXPOSICIÓN SOBRE BILBAO Y LA PINTURA EN EL GUGGENHEIM

Desde fines de enero y hasta últimos de agosto, el Museo Guggenheim Bilbao presenta una exposición que se sale de su línea habitual centrada en el arte moderno y los circuitos cosmopolitas de vanguardia: nada menos que Bilbao como tema de los grandes pintores vascos de ayer: Guiard, Zubiaurre, Durrio y otros nombres de los que, tras la dramática transformación operada por el denominado «efecto Bilbao» durante los últimos años, ya casi nadie se acuerda. Lo que ahora vamos a ver en la caseta de titanio de Puppy, no son instalaciones y objetos que necesitan de una guía para saber lo que pretenden ser, sino imágenes de un significado tan transparente que no hace falta ni explicarlas. El trabajo en el campo y en la mar, estampas típicas del Bilbao, romerías vascas, estereotipos raciales vestidos con la indumentaria típica del campo, etcétera.

Que el Guggenheim se decida a dar este paso resulta revelador acerca de las consecuencias de la crisis del Covid-19. El Bilbao futurista y superficial de los fosteritos y las grandes estructuras de titanio y cristal diseñadas por Frank Gehry, de los juguetes conceptuales y los laberintos de acero gestados en las mentes creadoras de Jeff Koons y Richard Serra está muerto. Ya no volverán los autobuses llenos de turistas catalanes en busca de ideas para replicar en el centro de Barcelona. Y tampoco los cruceros, ni los grupos organizados, ni los viajes de estudios de los colegios franceses. Como mucho, se acercará a hacerse fotos con el sobredimensionado perro de flores alguna pareja de espontáneos walk-in de fin de semana. En otras palabras, que la fiesta ha terminado.

En tiempos de cambio traumático, cuando se pierden los puntos de referencia que definían nuestra vida, no queda otra que hacer inventario. En este caso, de lo que siempre estuvo ahí, antes de que un falso entusiasmo por lo moderno nos obligara a dejarlo aparcado en un cuarto trastero para tontear con cachivaches modernos de plástico y alambre al compás de loas y ditirambos prodigados por los medios de comunicación y la propaganda institucional. Creíamos que dejando de lado el txistu, la boina y las abarcas para canjearlas por tortillas deconstruidas y esparcidas sobre platos cuadrados y un montón de grafitis dibujados por Bastiat estábamos entrando en la senda del progreso.

¡Qué ingenuos fuimos! La aventura del aldeano en el loft de Andy Warhol no ha llegado a durar ni tres décadas. Un misterioso patógeno llegado de China se ha encargado de hacernos regresar bruscamente al final de los años 80 del pasado siglo XX. Ahora Bilbao vuelve a estar en el punto de partida y tiene que reinventarse. Para ello, antes es preciso un período de reflexión que deberá comenzar por un retorno a los valores y la cultura tradicional. Toca mirar cuadros de Arteta y Losada, probablemente incluso ponerse a buscar en librerías de viejo las novelas de Zunzunegui para volver a leerlas. Este es el contexto en el que adquiere significado la exposición del Guggenheim. No cabe duda de que se trata no solamente de una magnífica idea, sino de algo muy necesario para elevar la moral de la ciudadanía e infundirle valor en los comienzos de nu nuevo período de nuestra historia.

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