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POLITICA

Carta en respuesta al bochornoso artículo “Castigar a los antivacunas”, escrito por Ernest Folch en El Periódico

  • Escrito por Enrique Santo
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  • Carta respuesta al artículo de Ernest Folch “Castigar a los antivacunas” publicado el 31/8/21 en El Periódico 

La pandemia verdadera

Un afectuoso saludo señor Folch: He leído con mucho interés su artículo titulado “Castigar a los antivacunas” y me gustaría compartirle algunas reflexiones que me han surgido del mismo. En primer lugar entiendo perfectamente su rabia y dolor, pero consecuencia más de algún tipo de incontrolable miedo interior que de profunda reflexión o juicio. Sus palabras destilan ese temor reconocible de quien reclama atención, del que busca un apoyo de manera desesperada donde sustentar su cordura pero sólo encuentra vacío, desesperación. 

Razona su lógica con palabras grandilocuentes, quimeras universales, fundadas en ideas aparentemente irrefutables, construyendo en su alma, esa fortaleza que aparece inexpugnable a los sentidos, pero en realidad, imagen especular de verdades absolutas, espejismo ignoto sin significado material. Y cuando nuestros pensamientos se asientan sobre arena, la consecuencia es el miedo o la enfermedad. Sepa que me apena profundamente esta su situación que es hoy la de millones de personas que padecen su misma desesperación. Es usted una víctima más de la ‘verdad oficial’ y si hay víctimas existen culpables. 

Los primeros, los poderosos junto con sus títeres necesarios, los gobernantes, que se han empeñado en forjar su modelo de planeta ideal y no se detendrán hasta alcanzarlo, siendo esta pandemia no más que una escaramuza dentro de una guerra a escala global. 

Los encargados de la salud, que misteriosamente mudaron sus juramentos por una garantía de pan para hoy y patada para mañana donde se enfrentarán a esa conciencia que inconscientemente están germinando. Imprescindibles en este asalto de desgaste al ofrecer credibilidad a una mentira necesaria. 

Los medios, fuente y base de propagación de los vientos actuales. Dos categorías inmiscibles: – Las tecnológicas, uno de los epicentros del volcan, miembros de pleno derecho del primer grupo y generadores del destructivo magma. – El resto, esparciendo la colada y dando cobertura y apariencia de naturalidad. 

Las fuerzas de seguridad, martillo firme, escudo protector y ojos a pie de calle

Pero todo esto a usted le asemeja más desatino que realidad porque como le digo, señor Folch, al igual que el agorafóbico, el aracnofóbico o el que le tiene pánico a los aviones, en esta nueva fobia se siente pavor al natural curso de la vida. Por ello tiene usted incrustado el terror en sus centros neurálgicos y ya no distingue entre lo natural y lo patológico. 

La diferencia con los anteriores es que como el que se cree Napoleón, piensa que es el resto el que está loco y a eso le ayuda el constatar que son legión. Pero a diferencia de las humanas democracias, en el mundo físico, tener mayoría no significa llevar razón. 

¿Y cómo fue eso posible? ¿Cómo el mundo de cuerdo pasó a loco? Aunque parezca mentira, por medio de la información; cientos, miles, millones de horas de abrumadores hechos científicos, datos contrastados, explicaciones de expertos, trágicos sucesos y todos iguales, todos comprobados, todos verificados. Repetidos a todas horas, en todos los medios y plataformas, sin fisuras, sin contradicciones. Y cuando uno se da cuenta se ha hecho adicto a esta representación. Sin saberlo es un figurante más en la impostura, encarnando perfectamente a su anónimo personaje. Así descubre el último caso confirmado, la nueva PCR positiva, el número de asintomáticos diarios y sobre todo, por encima de todo, la persecución al enésimo antivacunas, al malvado negacionista.

Y si no lo cree, cambie pandemia por accidente de tráfico y en meses, una nueva psicosis asediaría al del patinete en la acera, al ciclista sin casco, al conductor sin cinturón.

Rebeldes todos sin saber cómo ni por qué, puesto que la inmensa mayoría alguna vez militó en ese espejismo decretado pandemia. Pero ya por agotamiento, ya por bendita lucidez, ya por abrirse a consejo amigo, muchos reconocieron su adicción y con homérico esfuerzo, atrás dejaron sus fobias, filias y temores, volviendo de nuevo a disfrutar, porque por tener miedo a la muerte dejaron de vivir. ¿Y qué droga era esa que los retenía? La información ¿y quiénes los traficantes? La televisión, la prensa, la radio pero sobre todo las inocentes redes sociales, donde el ocio es válido si banal, permitido si intrascendente y las denuncias, aparentes; pues no delatan, no acusan ni revelan; adoctrinan, dirigen y orientan a verdades homogéneas, planeadas, ordenadas. De diseño futurista, conspiradas en rincones de impoluta sobriedad. Fiel reflejo de sus amos y un lema: “sólo yo”. Aprendices de Goebbels superando a su señor.

¿Y quién conoce mejor la verdad que el loco? Y de locos es la historia que debemos referir, porque ¿se imagina alguien un mundo dónde el aracnofóbico dicte las leyes y el agorafóbico las obligase cumplir? Pues eso es lo que tenemos, neuróticos exigiendo a sus gobernantes, los creadores de alienados, más locura y sin piedad. ¿Y dónde queda el resto? En la más absoluta oscuridad. Aparece ante nuestros ojos una nueva prosperidad, una nueva ciencia, un nuevo amanecer donde lo blanco es negro, lo alto, bajo y lo antiguo ha desaparecido por ello hay que estar vigilantes y separar hasta su reeducación a todo insurrecto en esta revolución. 

¿Y no podría ser, una sociedad donde cuerdos y locos viviesen en paz? ¿Compartiendo juntos, imaginando utopías, fraternizando ideales? ¿Sería manicomio o paraíso terrenal? Pero lunáticos gobiernan, les encanta dirigir un mundo que sueñan no compartir. Y conocen la verdad, es suya, les pertenece, porque la crean a voluntad, no necesitan de pruebas porque la ciencia es suya, suyos los principios, los axiomas y las reglas, todo lo demás fanatismo, terraplanismo y animadversión. 

Y llegados a este punto, señor Folch, lo coherente es repudiar al discordante, justificar la opresión, demandar su aislamiento y exigir segregación porque no se puede integrar al que la evidencia se empeña en negar. Así, al que no se quiera salvar, a la fuerza se le salvará. Y qué con los ilegales sin vacunar ¿los expulsará? ¿Quién tiene derechos y quién no? Y cómo se obtienen ¿por simpatía y afiliación? ¿Cuáles son inalienables y cuáles no? Y al fumador y al alcohólico, al mórbido y al drogadicto que no se desean salvar ¿los rechazará? La norma dejó de estar escrita y se convierte en apreciación. Y cuando se quiera dar cuenta, se encuentra usted, señor Folch, del lado amargo de la ilustración. 

Pero mucho ánimo, porque comprendemos su drama, infortunio y fatalidad y aunque lo piense, no es suya la soledad. Sabemos que sus actos, odios y frustración, coacción de otros son y mientras tengamos pulso, latido y palpitación seguiremos con esperanza, soportando sus golpes con amor, rogando y esperando el día de su sanación. 

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Elver Gato Chatiesa
Elver Gato Chatiesa
7 meses

Nunca entenderé porqué algunos “vacunados” (por no decir bastantes) temen a los que no lo están. Deberían, muy al contrario, estar felices de la vida, ya que:

– En teoría están protegidos.
– Además, las “variantes” son cosa de todos, porque ellos también se contagian y por tanto, las promueven (de hecho, contagiarían más al convertirse en “asintomáticos”).
– Y finalmente, el destino de sus impuestos no debería preocuparles más que el que puedan demandar, con fines sanitarios, deportistas de riesgo, comedores mórbidos, anoréxicos, fumadores, bebedores, adictos a los anabolizantes y demás toxicómanos, por poner varios ejemplos a vuela-teclado (comparaciones muy severas todas ellas con la gente que no se ha querido inocular, y a la vez muy benevolentes con el relato oficial; el porqué se lo dejo a la gente que quiera pensar un poco, que a mi me da pereza explicar porqué el agua moja).

A ver si va a ser que en el fondo se han dado cuenta de que han sido engañados y de que les han metido sabediosqué mierda en el cuerpo, y ahora rabian contra los que no han picado el anzuelo. A ver si va a ser que, simplemente, son malas personas. De ésas que ha habido toda la vida, con y sin pandemia.

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