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OPINION

“RETRASADOS MENTALES (Robots y Transhumanismo)” – Fernando Aramburu Allende

Escrito por Fernando Aramburu Allende (Blog: AllendeAran)

“- ¡Los robots no tienen baño!
– Ah, y ¿dónde fuman cuando van al instituto?” – Futurama 

“Lo vivo es invención constante, creación de formas, elaboración de novedades, impulsadas por un élan vital. De ahí que, el universo no puede tener como sustrato un sistema de leyes.” – Juan Arnau

RETRASADOS MENTALES (Robots y Transhumanismo)

Tengo una amiga que anda un tanto preocupada ante el futuro tecnológico que se avecina, (como cuando vemos nubarrones avanzar a nuestro encuentro y estamos sin paraguas, algo así). Creo que su miedo se basa, más que nada, en la pérdida de lo que hasta ahora hemos sido: personas con sentimientos, seres humanos. Ella piensa que la IA, (inteligencia artificial), los nuevos robots, podrían superarnos en sabiduría, dominar la mente y, en consecuencia, dejarnos en desventaja, ser ellos más listos que nosotros. Cree además que nosotros mismos podríamos formar parte de esa familia, es decir, robotizarnos en algo nuevo que se llama transhumanismo. Mi amiga se ha visto algunas conferencias recientes al respecto que ha compartido conmigo. Yo ya había oído algo acerca de esto, de hecho, la ciencia ficción lleva decenios tratando el tema, pero parece que ha llegado el momento en que algo de verdad se cuece a nuestras espaldas, porque la ciencia, la tecnología más concretamente, se mueve a pasos de gigante, dejándonos tan atrasados como lo serian hoy nuestros abuelos con un “smart-phone” en sus manos. Hay expertos cuya sapiencia en cuestiones de avanzada tecnología nos dejarían a la par que los analfabetos. Lo que no tengo tan claro es si su mentalidad de expertos está a la altura de lo característicamente humano: la ética, el sentido de la vida, dónde o cómo la felicidad. Es decir, si tienen alguna pauta, alguna idea o concepto del devenir humano, de qué necesitamos realmente para prosperar en este mundo, de cuales han de ser las creencias para sentirnos a gusto, aquí ahora, donde estamos, o hacia donde nos dirigimos.

Pero vamos a hacer un pequeño sacrificio y por un momento atender las intenciones de esos expertos en tecnología. Luego enseguida ajustaremos cuentas. Cuando uno se encuentra seducido por desarrollar una idea lo lógico es satisfacerla. Ya lo decía Oscar Wilde, “La mejor manera de acabar con una tentación es ceder”. Si tenemos la idea de que mediante un invento nuestra vida puede mejorar, ¿cómo resistirnos a no hacerlo? Así ha sido desde el principio de la historia, desde la rueda al avión ¿Cómo negarse a eso que promete hacer nuestra vida más fácil, más cómoda, más próspera si se puede?

No hemos venido a este mundo para estar de brazos cruzados. Es obvio que nos debemos a una evolución, a ir más allá. Por lo tanto, no quisiera caer en la definición de ser un amargado reaccionario y demos luz verde a las ideas de bonanza que el progreso conlleva. El problema surge cuando a la larga uno observa los cambios que se han producido respecto al pasado, de cómo eran las cosas cuando éramos pequeños y lo mucho que han cambiado con los años. Tenemos más y mejor, pero la felicidad no parece agraciarnos del mismo modo. La pregunta aquí, para todos esos materialistas que apuestan con los ojos cerrados por la prosperidad tecnológica, sería. ¿Creen de verdad que nosotros por tener ciertas ventajas científicas somos más felices que nuestros antepasados? ¿Cómo es posible que todavía hoy, con la abundancia de artilugios tecnológicos que se han inventado para favorecer la vida, no estemos más contentos?

Parece que todo nuevo invento traído a favorecer nuestra existencia viniera cargado a la vez de efectos secundarios contraproducentes. Tenemos consejos sabios a mansalva. La religión misma pudo fundarse bajo la mala experiencia que nuestros más antiquísimos antepasados sufrieron en sus carnes. El pecado es tomar el camino equivocado a conciencia, a sabiendas de la posibilidad de descarriar y, además, haciendo daño al prójimo. Pero al parecer, poco o nada aprendemos del pasado, ni de cuantas advertencias nos pongan en guardia. La falta de respeto por los derechos de cada persona, animales y entorno, venidos a existir de una u otra manera en este mundo, es una de las principales ofensas que los humanos cometemos. En las decisiones a tomar convendría pensar si en ellas perjudicamos a otros. Y por otros no me refiero a coetáneos de nuestra raza, sino a otras especies y su ámbito, naturaleza y hogar que es también parte nuestra. Si desde hace siglos hubiéramos tomado conciencia de este prerrequisito, seguramente muchos de los errores que ahora sufrimos no habrían acontecido. Los inventos por la mejora de las sociedades, las nuestras, (siempre el Yo, lo mío, lo nuestro) son responsables de muchos daños que luego cuesta corregir.

Volviendo al caso de los robots que muy bien podrían funcionar como esclavos a nuestro servicio, no acierto a entender a qué esa obstinación en perfeccionarlos hasta el punto de que superen nuestra inteligencia. De entrada, no puedo entender cómo podría hacerse. Un robot nos puede ganar al ajedrez, pero todo cuanto tiene dentro es una información de variaciones matemáticas que se ajustarían a las reglas del juego. Sería, al fin y al cabo, información chivada, unas cuantas reglas administradas por medio de algoritmos: pura programación. Obedece reglas. Bien es que esa información nos puede ayudar más rápidamente a superar problemas que nuestro cerebro no acierta a solucionar con rapidez. Se trataría de una ayuda compartida, en la que, en un determinado momento, convergen diferentes tareas humanas para un determinado propósito. Nosotros tomamos provecho de ello, pero el propósito es nuestro. Ninguna pega al respecto. Mismamente, los libros cumplen esa función: enseñan.

Desde el preciso instante en que surgieron las ideas, en que el pensamiento se puso en acción para plasmar determinados deseos, la evolución se abrió camino rumbo al bienestar, el placer, la comodidad, la seguridad, la salud… Sin embargo, hemos de tomar conciencia de que algo no termina de funcionar correctamente, puesto que nuestras vidas parecen debatirse contra algo que parece esquivo, huidizo de todas todas. Algo que no se ha dejado atrapar en el transcurso de los siglos. A saber: esa tan ansiada felicidad, o cómo estar en armonía con la vida. Una serenidad permanente no exenta de entusiasmo.

Un robot puede dar respuestas a determinados estímulos que previamente han sido programados pero jamás tendrá un Yo que le encauce a buscar un destino independiente de la información que se le haya introducido. No tendrá una invención determinada por estímulos sensoriales. Sin estímulos sensoriales el conocimiento sería ciego, cojo, anodino. Ponle delante de una pieza musical triste, ¿podría llorar? Dale un pisotón en el pie ¿podría gritar de dolor? Pídele que te pinte un cuadro romántico ¿entendería lo que pinta? ¿Cual sería pues su sentimiento? Por más empeño que el ser humano ponga en crear artificialmente su esencia a imagen y disposición, sólo veo desaciertos en el propósito. Tenemos ya una buena manera de crear vida inteligente, simplemente dando luz a nuevos bebés. Que si bien educados, en libertad, paz y respeto a su autonomía, sabrán encauzar el destino de las sociedades.

Pero vamos a ir más lejos y adecuar las presuntas ventajas de la nueva ciencia microscópica, la nanotecnología, que aplicadas al ser humano sería dar el salto a lo que llaman el transhumanismo. Alimentar las capacidades del intelecto humano con mayor carga de sabiduría sin que lo haya podido procesar el cerebro de forma adecuada, natural, ¿no nos volvería locos? Piénsalo bien. Estimular la bioquímica del cuerpo para variar nuestras ganas, el humor triste o alegre, ¿no podría acarrear consecuencias peores que las drogas más adictivas? Por otra parte, comunicarnos o transferir datos de un cerebro a otro sería casi como entrar en la mente del vecino, eso que llaman telepatía. Pero si pudiéramos saber que piensa nuestro compañero ¿no sería como cargar con dos mentes a la vez? ¡Cómo si no tuviéramos bastante con poder entender la nuestra propia! ¿Cree alguien estar preparado para tal allanamiento? Todas estas aparentes ventajas que promete el transhumanismo presagian un grave defecto. Y es que la sabiduría del ser humano pasa primero, y ante todo, por la experiencia sensible, procesada en sensaciones, propias, personales e intransferibles por su intimidad y plena libertad, para luego archivarse en la mente en forma de recuerdos: tarea de la memoria. Si el conocimiento no se aplica bajo las normas de la experiencia sensorial no habremos aprendido nada. Seremos seres insípidos, apáticos, absurdos. No sabremos comprender ni el cómo, ni el porqué, ni para qué hacemos qué.

Tenemos un Yo que predispone estímulos, deseos, que nos empuja a tomar direcciones, que nos educa con una especial preferencia a algo que cada cual y de forma libre decide. Sin respeto a esa libertad individual el mundo acabaría por oxidarse. La carrera por el dominio de las fuerzas naturales para que funcionen a nuestro favor no ha beneficiado en nada al bienestar interior. ¿Por qué? Cuando uno lee las reflexiones de antiguos filósofos, preocupados por la felicidad, se observa lo poco que en esa temática hemos avanzado. Seguimos sin dar respuesta eficaz a nuestra vida y las respuestas con mayor carga de sabiduría poco o nada tienen que ver con el progreso tecnológico. Es más, da la impresión de que la aparente comodidad en la que vivimos, nos ha traído otros nuevos desafíos, por la cantidad de efectos adversos que nadie supo anticipar. No nos engañemos, no somos más felices de lo que fueron nuestros antepasados. Cada persona de cada época se adapta a sus circunstancias sociales. Se puede tener la mala pata de caer en una etapa de malos tiempos, de cambios dramáticos, época de guerras o entre guerras, pero por lo general las vidas tienen sus propias experiencias que pueden ser tan gratificantes o amargas como la de cualquier otra persona, viva donde viva, sea de donde sea, o de otro siglo cualquiera.

La felicidad no es tarea de robots o nanotecnologías invasoras en nuestro cuerpo, ni tampoco un problema de alterar el proceso bioquímico. Es un problema mucho más complejo. Es un juego sensorial, de comunicación y expresión. Bien el goce de la contemplación o de un ir más allá de la realidad, si se quiere. Es un juego de creatividad, de fantasía, en el que miles de factores se alistan para fraguar alguna nueva experiencia. Cualquier recurso artificial, forzado, espurio, será como hacer trampas en el devenir natural y eso terminará en fiasco. Lo sabemos por la contaminación que hemos generado. El ruido y los malos olores. La insatisfacción continúa, estrés y ansiedades, depresiones y enfermedades raras. Es preciso apreciar el entorno que nos rodea y saber si aportamos algo fructífero. Basta ya de ciencias no integrales, de egolatría y avaricia. Basta de expertos materialistas y de control psicológico.

Es hora de recuperar parte de la naturaleza perdida, del carácter afín a lo voluble, a la diversidad, a la empatía y la sinceridad. Por una educación más abierta al arte, a la estética, poesía y filosofía. Hay que limpiar el espejo en el que nos reflejamos, que no es otra cosa que eso que está ahí afuera, a donde miramos: el mundo. De donde extraemos el sustrato que nos fundamenta, el conocimiento. Cuánto más limpio y bello se vea ese mundo mejor nos sentiremos por dentro, que es al fin y al cabo lo que todos perseguimos. 

“La mayoría de la gente no se embarca en un viaje serio de autoexploración porque descubres muchas cosas que no te gustan sobre ti mismo. Pero, ahora, la tecnología nos está obligando a hacer esta búsqueda espiritual. Pagaremos caro si no la hacemos.” – Yuval Harari

“Las ciencias se ven empujadas a ser inhumanas, a no considerar aquello que importa en la vida de las personas, pues resulta irrelevante para el devenir físico del mundo.” – Juan Arnau

“¿Hasta qué punto podemos modificar el cuerpo y la mente con ingeniería genética, o con cirugía, o con una interfaz cerebro-computadora? Pero las preguntas de fondo son las de siempre: ¿qué significa ser una persona?, ¿qué cualidades humanas son valiosas?”    – Yuval Harari

“Olvidaos de la inteligencia artificial. En el nuevo mundo de los grandes datos en que nos encontramos, es la idiotez artificial lo que deberíamos estar buscando”.  – Tom Chatfield

“Creatividad es el universal de los universales” “Creatividad es le principio de novedad” . Creatividad es la categoría “última”, definitiva, postrimería de todo el orden del ser. Y los inventos, novedades y creaciones no pueden ser deducidas, en el sentido riguroso de esta palabra” – Juan García Bacca on Alfred North Whitehead.

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