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Las pastillas no curan la ansiedad y la depresión, sólo anestesian emocionalmente

  • La opinión de Ramón Maceiras, Mentor y especialista en Programación Neurolingüística (PNL)
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Reputados psiquiatras como Thomas Szas y Joanna Moncrieff han planteado hace ya mucho tiempo el cambio del modelo centrado en los fármacos, imperante en psiquiatría. Postular que la ansiedad y la depresión son solamente procesos bioquímicos es científicamente falso y humanamente peligroso.

En España y en el mundo la ansiedad y la depresión tienen que ver mucho con el desempleo, el divorcio, la pobreza, las dificultades económicas y la crisis en los valores e ideales, etc.  Y últimamente, con el terror al Covid.

Desde el éxito de marketing del mítico Prozac en los años 80 del siglo XX se ha popularizado la idea de la explicación biologicista del trastorno mental y del desequilibrio neuroquímico como causa de los diferentes cuadros clínicos que se presentan. Como los fármacos neurolépticos bloqueaban la transmisión de dopamina y los antidepresivos tricíclicos inhibían la recaptación de serotonina o noradrenalina, se formuló la hipótesis de que la esquizofrenia podía ser debida a un exceso de dopamina y la depresión a un déficit de serotonina. Y esta ha sido desde hace más de treinta años la hipótesis que explica el éxito comercial de los llamados ISRS (inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina).

El problema es que esta hipótesis nunca se ha demostrado. No hay un solo estudio en pacientes diagnosticados de esquizofrenia que haya demostrado un exceso de dopamina ni un estudio en pacientes depresivos que haya encontrado un déficit de serotonina. La idea circula como si fuera cierta y tiene mucho que ver en ello el cuantioso gasto en marketing de la industria farmacéutica. 

Pero sigue sin estar probado que la hipótesis neuroquímica sea cierta…

Un ISRS puede ayudar a una persona con síntomas depresivos y ansiedad intensa no porque vaya a corregir ningún déficit de serotonina misterioso e inalcanzable a las pruebas científicas, sino porque el bloqueo en la recaptación de serotonina acaba provocando una cierta anestesia emocional que, en ese contexto, puede ser útil puntualmente para la persona. Pero los efectos secundarios no compensan tal beneficio momentáneo.

Y tal vez sea hora ya de ir dejando a un lado tal hipótesis. Reputados psiquiatras como Thomas Szas y Joanna Moncrieff han planteado hace ya mucho tiempo el cambio del modelo centrado en los fármacos, imperante en psiquiatría. Postular que la ansiedad y la depresión son solamente procesos bioquímicos es científicamente falso y humanamente peligroso.

En España y en el mundo la ansiedad y la depresión tienen que ver mucho con el desempleo, el divorcio, la pobreza, las dificultades económicas y la crisis en los valores e ideales, etc.  Y últimamente, con el terror al Covid.

¿Qué sentido tiene prescribir antidepresivos o ansiolíticos a personas aprisionadas en difíciles peripecias vitales, con problemas económicos, desahuciados, con hijos a su cargo, maltratados o viviendo un duelo? ¿De qué les sirve? … ¿Van a mejorar mientras estén en precarias situaciones materiales? ¿Van a mejorar mientras no lleven a cabo su liberador trabajo de duelo? ¿De qué les sirve permanecer bajo anestesia emocional?

El drama es que estos diagnosticados en su mayoría no reciben ningún otro apoyo además del psicofármaco durante largos períodos. La gran mayoría (dos de cada tres) de las personas con ansiedad y depresión son diagnosticadas y tratadas en Atención Primaria. Y el “tratamiento” se basa en la prescripción de psicofármacos y psicotrópicos (más del 60% de los casos tratados), sobre todo ansiolíticos o benzodiacepinas, cuyo consumo aumenta a pasos agigantados, a pesar de que son esencialmente ineficaces y desarrollan adicción en una buena parte de los casos. Con el añadido de que los efectos secundarios son la causa de accidentes de tráfico y de caídas y roturas de cadera en personas mayores.

Esto es ampliamente conocido en todos los sistemas de salud europeos desde hace años. Y las guías de práctica clínica como la del  National Institute for Health and Care Excellence del Reino Unido (NICE, 2011) recomiendan las terapias psicológicas, de información y educación emocional, entrenamiento de habilidades sobre el manejo del estrés y las emociones, etc, como tratamiento sustitutivo del psicofármaco.

Pero en España menos de 1% de los diagnosticados con trastorno de ansiedad activo en el último año ha recibido tratamiento sin fármacos. En el caso de los diagnosticados con depresión la cifra sube al 5%, pero sigue siendo irrisoria. España es el segundo país de la OCDE en consumo de benzodiacepinas y en 2018 la tasa de consumo de tranquilizantes, antidepresivos y somníferos alcanzó las 169,7 dosis diarias por 1000 habitantes (OECD, 2021). 

Cuatro de cada diez pastillas ansiolíticas tomadas en España en 2020 eran lorazepam, uno de los fármacos más conocidos junto con el alprazolam o el diazepam. (OCDE, 2021)

Un informe de la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes señala a España como el país del mundo con mayor consumo legal de benzodiacepinas. (JIFE,ONU,2021)

El caso es que se ha creado una ola de diagnósticos de ansiedad y depresión generados por la campaña de terror que acompañó al Covid. Y se ha incrementado el número de suicidios…

También con la crisis económica de 2008 aumentaron los casos de depresión en Atención Primaria en España en un 19% entre 2006 y 2010 (Gili et al., 2014). Con la plandemia de terror del Covid ya se han duplicado los trastornos de ansiedad, la depresión, las somatizaciones y los trastornos de sueño. Y es probable que la crisis económica que trae la plandemia del Covid incremente aún más el problema a lo largo del tiempo, ya que un tercio de la población española vive ya bajo el umbral de pobreza. 

Según nuestros estándares, las personas están en riesgo de pobreza al vivir con unos ingresos inferiores al 60% de renta mediana. En España, supone tener una renta inferior a los 739 euros al mes en un hogar formado por una sola persona o 1.552 euros mensuales en un hogar formado por dos adultos y dos niños. 

Antes de la plandemia de terror del Covid, los costos de la Atención Primaria se destinaban en un 50%a los llamados “trastornos mentales comunes”, es decir, a los trastornos emocionales…

¿Habrá que diagnosticar como ansiosos y depresivos y prescribirles psicofármacos mediante una entrevista telefónica a todos los que manifiesten malestares diversos de tipo de emocional por estar en situación estadística de pobreza?

La psiquiatrización de la vida cotidiana sólo beneficia a la industria farmacéutica, a ciertas universidades y centros de investigación, a un buen número de psiquiatras, psicólogos y maestros, a ciertas editoriales especializadas y a los políticos interesados en estigmatizar y anestesiar emocionalmente a cada vez más ciudadanos descontentos, enojados y pauperizados.

Los psicofármacos no sólo no ayudan a resolver el problema, sino que lo cronifican, generan una legión de discapacitados y causan sobrecoste en gasto farmacéutico. Como recoge la cuantiosa literatura clínica existente, el tratamiento con psicofármacos, tiende a la cronicidad, la comorbilidad y la discapacidad, disminuyendo la calidad de vida.

Es simplemente absurdo y criminal seguir por ese camino.

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Julio Suárez
Julio Suárez
3 meses

La ansiedad y la depresión están causadas por la carencia de información cuyo resultado es la indignación y esta desemboca a estos estados psiquicos, pues el indivíduo vive inmerso en una realidad inexistente.

Punto
Punto
3 meses

amodorrados, enrejados químicamente, y todos formalitos, qué bien!

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