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OPINION

HEISENBERG – Fernando López-Mirones

  • Escrito por Fernando López-Mirones, biólogo y divulgador científico
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HEISENBERG

Vienen semanas importantes para la lucha contra en NOM, la serendipia ha querido que mi libro YO, NEGACIONISTA y la película documental The BIG RESET Movie salgan a las calle el mismo día, es increíble.

Tras dos años de gestación de ambas y de forma absolutamente fortuita aparecen en el momento más necesario, a pesar de que muchos piensen lo contrario.

No, no ha pasado ya todo, en realidad no ha hecho sino empezar.

Ahora es más importante que nunca despertar a ese 40% de personas que siguen sin enterarse de lo que pasa.

Recuerden, como expliqué varias veces, que el resto son el 30% de creyentes colaboracionista y el otro 30% somos los que ponemos todo en duda, investigamos y descubrimos.

Sí, somos un 30% de forma natural según dice la sociobiología, somos muchísimos.

Ese 40% de neutrales del centro son los que en realidad deciden todo. Por definición se unen a lo que crean es la mayoría. Ese es el fin de la propaganda oficialista, llevárselos a su lado.

Eso pasó hasta ahora, pero no tiene porqué volver a ocurrir.

En este momento, por desgracia, contamos con que los vacunados se están muriendo y enfermando a un ritmo nunca visto, y los que sobreviven lo están viendo; no hay propaganda que pueda contra la verdad.

Por eso insisto en que los que ya sabemos lo que ocurre seamos didácticos e instructivos con los que recién despiertan, sin avasallar, sin reprochar, tienen que seguir su propio proceso personal, a su ritmo.

Los negacionistas que se enfadan sin parar asustan a los que se acercan a leernos con la curiosidad que conduce al despertar. Hacen que parezcamos una secta extraña y negativa. Así no se crece. No hay que poner tanto énfasis en el “¡yo tenía razón!” como en la exposición serena del “me alegro de que te hayas dado cuenta amigo”.

El negacionista cabreado hace flaco favor a la causa y da pie al periodismo colaborador para la crítica.

Muchos divulgadores de las redes ya no preguntan a los biólogos y médicos que seguimos investigando lo que ocurre; ahora discuten con nosotros, nos cuestionan, se inclinan por unos y por otros con criterio propio. Es como si tras dos años creyeran que hicieron dos cursos de biología; pero en realidad, si a los que buceamos en las fuentes primarias nos cuesta Dios y ayuda llegar a la mínima conclusión, no se entiende que sean los más ajenos los que afirmen todo con mayor rotundidad. Se han aprendido algunos conceptos y los manejan con soltura, pero deben reconocer que la biología es descomunal y ellos solo están viendo lo que su pequeña linterna abarca.

Recuerdo al principio de la plandemia que nos entrevistaban con preguntas de verdad, querían saber; ahora hablan ellos más que nosotros, tienen todo ya perfectamente estructurado en sus mentes y me inunda la pregunta de ¿para qué me traen si ya lo saben todo y yo apenas hablo?

Quizá les falto contemplar que lo más importante de la ciencia no son los datos sino la filosofía. Alguien que piense de forma científica nunca para, nunca sabe lo suficiente, no puede anclarse en una postura que suena verosímil y defenderla con ahínco sin evolucionar. Se ha extendido el error garrafal de que decir lo mismo ahora que hace dos años es algo bueno, que es prueba de credibilidad. No siempre es así, el pensamiento científico no se apropia de posturas como si fueran de su propiedad, sino que es dinámico, cambia de sitio según se añaden datos e hipótesis que antes no existían.

Otros niegan todo siempre por sistema, son como una metralleta que dispara en todas direcciones; haciendo eso es evidente que a veces aciertan por casualidad, pero olvidan contarnos las mil veces que fallaron.

Decir NO a todo es muy fácil, es jugar al 50% de probabilidades, blanco o negro, se acierta necesariamente a veces, pero eso no es científico, es jugar a la ruleta.

A un científico de verdad un error le duele más que un acierto le agrada. Se trata de ser prudente, de comprobar lo que se le ocurre antes de decirlo, y eso puede llevar toda una vida.

Hasta hace poco, todo español era un economista, un filósofo y un entrenador de fútbol. Ahora también es un biólogo. Queda poca gente que escuche, todos tienen ya su propia opinión sobre los virus, las pandemias y los hospitales.

Haciendo eso se estancan, dejan de aprender, se quedaron en lo que contábamos hace un año, pero se pierden lo que hemos descubierto ayer, incluso lo discuten y rebaten.

Perdonen la analogía pueril pero es como aprenderse lo que le dijo el oncólogo de su cáncer hace un año y no escuchar lo que opina tras sus últimas pruebas.

La mayoría de los opinadores en redes que no son biólogos o médicos están obsoletos, defienden posturas que ignoran las últimas investigaciones. Salen papers cada día.

En los chats privados de científicos, algunos de solo 10 personas, que tenemos entre nosotros, cada día alguien descubre y comparte una nueva investigación o publicación; de hecho no damos abasto a leerlas todas ¿cómo puede entonces un youtuber estar más al día que nosotros?
El diagnóstico bueno de las tácticas del NOM es el último, no el de hace meses.

Como en una partida de ajedrez o un partido de fútbol, ya es historia si íbamos empate o perdiendo la reina, lo vital es el estado del partido AHORA.

Hoy estoy muy analogías, pero disparar a dónde estaba la liebre que corre es fallar, hay que centrar el tiro en el lugar en el cual estará al instante siguiente, siguiendo el principio de indeterminación de Heisenberg.

La diferencia entre los guionistas del NOM y gran parte de la disidencia en redes es que los primeros van por delante, a un año vista, y los segundos están satisfechos con lo que creen que aprendieron en 2020 y que ya es irrelevante en la partida.

Y además gastan sus energías en guerras intestinas.

Vi lo mismo en el movimiento ecologista hace 20 años. Cuando los que empezaron por convencimiento noble y desinteresado, sacrificando sus vidas por la causa se convirtieron en profesionales del ecologismo y empezaron a vivir de ello, se acabó la cruzada para dejar paso al negocio.

Igual pasó en los sindicatos, en los partidos y en la ciencia.

De modo que dejemos de ser una horda y empecemos a actuar como un grupo humano organizado donde se tenga claro que el enemigo son los empresaurios filantropófagos y no el compañero de al lado.

Sin olvidar nunca que Heisenberg tenía razón.

Un aullido.

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Jose luis
3 meses

Todo muy cierto y claro

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