OPINIÓN POLÍTICA

«El día de la marmota» – Maria Sintes

«El día de la marmota», por Maria Sintes

«Por una educación digna, libre y consciente«.

Maria Sintes

Bajando la escalera del instituto segundos antes de que suene el timbre de vuelta del recreo, sorprendo a un niño de ESO dándose un baño de hidrogel antes de entrar a clase: empieza frotándose ansiosamente manos, rostro, brazos y piernas, para pasar a rebozarse cabello y ropa con pequeñas palmaditas. Sus movimientos son frenéticos y obsesivos, como si rapidez y repetición fueran las claves del éxito de su ritual anticontagio. Termina en un plis plas y suspira aliviado.

Desde el último peldaño, contemplo la escena estupefacta, buscando una palabra que le transmita comprensión, amor, sosiego, seguridad… Y no se me ocurre nada. Me invade un sentimiento de tristeza y frustración. Balbuceo algo. La mascarilla se traga mis palabras. Ofuscado en su obsesivo rito, ni siquiera se ha percatado de mi presencia. Hago un amago de acercarme un poco y tener con él un gesto de humanidad —de HUMANIDAD… Se sobresalta y entra de un brinco a clase. Siento que sin querer he invadido un momento muy íntimo que no me pertenece, y me marcho con esa escena, con esa mirada asustadiza, temerosa, insegura, grabadas en mi mente para siempre.

Llego a clase. Rezagado ha entrado de los primeros. Ataviado con gorra, capucha y mascarilla quirúrgica, descansa, casi irreconocible, recostado en el pupitre, hundiendo la cabeza entre sus brazos. No lo culpo. ¡Si es que vivimos tiempos agotadores! Y a ratos me dan ganas de volverme invisible yo también. Cargada de libros y con una gran sonrisa en los labios que apenas se intuye bajo mi mascarilla, doy los buenos días con el entusiasmo típico del primer día mientras avanzo hacia mi mesa. (A diferencia de algunos, que de un día para otro se han subido alegremente al carro de las nuevas modas pandémicas, yo no sé sonreír con los ojos y mucho menos me nace saludar con el codo.) Para mi sorpresa, estoy saludando al vacío: de los siete alumnos que hay ya en clase ni uno solo se digna a responder. «Me ha fallado el contacto visual», pienso para mí. Dejo las cosas en la mesa, alzo la vista y, asegurándome esta vez de mirar directamente a mis alumnos a los ojos, repito: «Good morning!». Vuelve a hacerse el silencio. «¿Será que ahora me ha fallado el tono?», me pregunto. Con cierta indignación —lo reconozco—, vuelvo a la carga con un «Goood mooorniiing!» a viva voz. Rezagado ladea ligeramente la cabeza sin levantarla del pupitre y me mira de reojo. Se escuchan risitas. Al fondo de la clase alguien musita algo incomprensible. La mascarilla se traga sus palabras y ahoga las risitas. Desisto.

Me toca clase con los de segundo. Son veintinueve y si vienen todos cinco de ellos tienen que seguir la clase desde el «aula satélite» porque superamos el aforo permitido. ¡Hay que ver qué flexible es el lenguaje, si es que tenemos palabras para todo! ¡Y soluciones informáticas también! (Eso sí, cuando funcionan.) Menos mal que ya son mayorcitos y se organizan ellos solitos para saber a quién le toca cada vez. Bastante lío tengo yo con las cámaras, los micros y el Meet. A ratos me siento ridícula hablando a la cámara en presencia de mis veinticuatro alumnos para que los otros cinco del aula satélite se enteren de por dónde vamos.

De vuelta a casa, mi hija de tres añitos que este año empieza en un cole nuevo me cuenta cómo ha ido su primer día. Está un poco triste. Sus dos amiguitas de la guardería van juntas a la clase de al lado. Se ven a la hora del patio, pero las separa una cuerda y no pueden tocarse. Me pregunta por qué puede jugar con ellas por las tardes en el parque, pero no en el cole. Su lógica aplastante me deja sin palabras.

En la reunión de padres —o mejor dicho «de madres», porque solo se permite la asistencia de un progenitor y por lo visto vamos ganando las féminas—, la tutora se esfuerza por exponer el protocolo de la forma más clara y sencilla posible, poniéndole ilusión y restándole importancia a la cosa. Prosigue explicándonos cómo detectará los casos y cuáles son los síntomas compatibles con COVID-19: tos, fiebre, diarrea, dolor abdominal… Se descubre a sí misma tratando inútilmente de definir los síntomas con más claridad, de acotarlos para que no se confundan con los de la gripe estacional, la alergia, el catarro común u otras enfermedades gastrointestinales, por mencionar solo las más típicas y frecuentes de la edad. Por más vueltas que le da, no consigue resolver el entresijo. Finalmente, se impone el sentido común y la maestra vuelve a ponerse en su lugar: reconoce que ella es maestra y no médico, pero promete hacerlo lo mejor posible para que todo vaya bien. No dudo ni por un segundo de sus buenas intenciones y profesionalidad, y en mi interior aplaudo ese gesto de franqueza y humildad. Al final de la reunión, en un arranque de conciencia, me levanto de la silla, suelto mi discurso y entrego un folleto a las demás madres.

Por fin me toca una guardia tranquila y puedo aprovechar para corregir exámenes. Hay que ver cómo se me ha acumulado el trabajo en tan solo un par de semanas. Al rato entra Hidrogelio con su mascarilla FFP2 pegándole la bulla a un alumno de ESO. Se acabó la calma. Veinte minutos de sermón y de torpes discursos de psicología callejera. La manipulación y el más puro chantaje emocional se disfrazan de doctrina pedagógica, de aparente consenso, de lección ética, de un inusitado sentido de la responsabilidad y la solidaridad, de moralidad incuestionable: «Escribe en el parte lo que te he dicho, no me discutas, y ponte bien la mascarilla, que llevo diciéndotelo desde el primer día. ¡Y si te ahogas, te aguantas! ¿O acaso crees que los demás la llevamos por gusto?» Y prosigue: «Me guardaré el parte en el bolsillo y, si tengo que volver a llamarte la atención, lo meteré directamente en el buzón y lo recibirán tus padres y te expulsarán otra vez del instituto y… y… y…» En un intento inútil por volver a lo mío, pierdo el hilo de la bronca, que culmina con un «¡Estás avisado!».

Ignoro lo ocurrido en clase. Y comprendo profundamente a Hidrogelio: hay niños que consiguen sacarte de quicio, que no los aguantan ni en su casa y que uno a veces no sabe cómo manejar. Comprendo y comparto su frustración, sus limitaciones, su enfado, su falta de recursos pedagógicos y psicológicos, sus carencias formativas a pesar de haberse pasado media vida estudiando… Pero me hierve la sangre por dentro y se me nota por fuera: la mala educación no se corrige con mala educación. Hidrogelio despacha al primer niño y llama al siguiente. Se repiten la escena, el sermón y el chantaje. Caigo en la cuenta de que esa táctica «docente» es ya un hábito consolidado. La ira me corroe por dentro. Siento la tentación de meterme donde no me llaman. ¿Pero qué le va a decir una novata recién llegada como yo, carente también de formación y recursos, a este profesor que lleva años ejerciendo? Siento al mismo tiempo cierta admiración por esos dos niños que no se callan, que cuestionan, que no se dejan manipular… Me transmiten esperanza. Y es que a veces solo nos queda el camino de la desobediencia. Seguramente, no le falta razón al profesor del espray en lo que respecta al mal comportamiento de esos dos alumnos en clase y dejando absolutamente al margen el tema de la mascarilla, pero la tiranía no es la solución. («La tiranía no es la solución. La tiranía no es…», repite el eco de mi mente.)

Salgo a tomar un poco el aire y aprovecho para ir al baño, donde me cruzo con otras dos profesoras. Desde la taza escucho cómo una le cuenta a la otra el calvario por el que ha pasado durante más de un mes desde que se puso la primera dosis: que prácticamente ha tenido que volver a aprender a andar, que por lo visto todavía le cuesta tenerse largos ratos de pie, que de vez en cuando le dan tembleques, que no tenía patologías previas, que tras un montón de pruebas los médicos no saben qué decirle… ¡y que no sabe si ponerse la segunda! No salgo de mi asombro. ¡¿Qué desayunará esta gente para encarar la vida con tanta lucidez?! Me vienen a la mente otras experiencias similares o incluso peores que me han llegado por radiocalle. Me pregunto si cuando vayan por la cuarta o la quinta dosis de esa sustancia experimental con autorización de uso de emergencia que osan llamar «vacuna» les dará por investigar un poco y cuestionarse las cosas. Me voy pitando a clase que acaba de sonar el timbre y tenemos presentaciones.

¡¿Cómo voy a evaluar la pronunciación y la entonación de mis alumnos enmascarillados?! Por más que intenten vocalizar y proyectar la voz, los entiendo a medias. Tras unos minutos de dilema, opto por eliminar ese concepto de la evaluación. Total, después del confinamiento, la semipresencialidad y la flexibilización de los criterios de promoción, ¡qué más da si bajo un nivel más el listón si estamos que lo regalamos! Un alumno me pide permiso para quitarse la mascarilla durante su presentación guardando las distancias, y se arma un gran revuelo en clase: para unos es el puto crack y para otros un supercontagiador en potencia que acabará matando a padres y abuelos. «¡Qué fina es la línea entre la cordura y la histeria!», pienso para mí. ¿Con qué cara le respondo que no si la Armengol, por poner tan solo uno de tantos ejemplos, se quita la mascarilla para dar su discurso sobre el pasaporte COVID ante una multitud en el aeropuerto de Son Sant Joan?

A mediados de noviembre tenemos por fin asamblea ordinaria y junta general de socios en la APIMA del cole de mi hija. Cegada por mis ansias de poder dar al fin mi opinión sobre los protocolos escolares, saco torpemente el tema en el turno de ruegos y preguntas. Tras una acalorada discusión, sin apenas apoyos y con ataques personales incluidos «por mi falta de sensibilidad» (¿?), se zanja el asunto con un «las medidas sanitarias no se discuten». Entonces, ¿estamos hablando de ciencia o de dogma? ¿Por qué en un país supuestamente democrático no podemos tener un debate ciudadano maduro sobre un tema que nos afecta diariamente a todos sin excepción y en todos los ámbitos de nuestras vidas?

La APIMA no es el lugar para abordar este tema. Los colegios no son el lugar. El trabajo no es el lugar. La familia no es el lugar. El grupo de amigos no es el lugar. La panadería no es el lugar. Me pregunto cuál será el lugar… ¿Somos tan progres y respetuosos que lo políticamente correcto debe primar por encima del diálogo pase lo que pase, caiga quien caiga? ¿No estamos viviendo acaso un momento histórico al que deberíamos enfrentarnos desde el debate abierto y el intercambio real de información sin censura? ¿Somos tan imbéciles que somos incapaces de salirnos del discurso positivista y buenrollista y de encarar la realidad con un mínimo de espíritu crítico por dura que sea? ¿Quiénes son los verdaderos negacionistas en toda esta historia? ¿Dónde quedan nuestros derechos como ciudadanos y como padres a la libertad de opinión y de expresión? ¿Qué lección les estamos dando a nuestros hijos? Y lo que me aterra más aún: ¿qué futuro les estamos dejando? Está claro que ha nacido una nueva religión.

Histeria la que vivo unas semanas más tarde cuando aparece un positivo (ojo: un positivo no es necesariamente un caso, ¡hablemos con propiedad de una vez!) en una de mis clases de primero. Los alumnos de otro grupo irrumpen paranoicos en clase exigiéndome que les diga quién es el positivo y si nos hemos hecho ya todos los profes la PCR y cuál ha sido el resultado y si tenemos síntomas o si somos quizás asintomáticos… Arrastrados por la histeria, empiezan a separar más las mesas entre sí, rocían toda la clase (mesas, sillas, cortinas…) con espray desinfectante, abren puertas y ventanas de par en par, no me dejan acercarme lo más mínimo a ellos… Y no hay quien los tranquilice. ¡Otra clase más perdida que se suma al montón!

Me he tenido que comprar un abrigo más grueso y voy corriendo por el pasillo, escalera arriba escalera abajo, de una clase a otra, cual muñeco Michelin. Mi concepto de la ventilación no tiene nada que ver con el torrente de aire huracanado que corre por el instituto. Harta de pasar frío, en un arranque de cordura, un día me da por ajustar todas las ventanas dejando solo una rendija para que pase el aire. Rigidez me sorprende in fraganti y me recuerda con indulgencia (¡alguna ventaja tiene que tener ser la novata!) las medidas y la importancia de la «ventilación». Mi abrigo nuevo me acompaña hasta mediados del último trimestre y por primera vez en mi vida doy crédito al dicho ese de hasta el cuarenta de mayo…

Patrullando el pasillo en la guardia de patio, escucho un llanto que viene del baño. Me acerco un poco para averiguar qué está ocurriendo y oigo a una niña contarle a otra que trata de consolarla que no le apetece hacer nada, que su vida no tiene sentido, que le espera un futuro muy negro, que sus padres al borde del divorcio se han quedado sin trabajo y no pueden seguir pagando la hipoteca y mucho menos sus estudios, que si esto que si lo otro. Cuando me decido a intervenir, aparece otro profesor de guardia con más experiencia y las invita amablemente a salir del baño. Y ahí queda la cosa.

Casualidades de la vida, la misma semana recibo a través del Gestib un cuestionario realizado por la Oficina de Salud Mental, el Observatorio del Suicidio del Servicio de Salud y la Dirección General de Primera Infancia, Innovación y Comunidad Educativa (¡cuánta gente pagada con fondos públicos para enviar un simple cuestionario que no ahonda en nada y que seguramente no llegará a ninguna parte!) sobre la repercusión emocional de la pandemia en la población infantil y juvenil de Baleares. «¡A buenas horas!», exclamo para mis adentros. Y me ensaño a gusto con el cuestionario mientras me voy acordando del niño asustadizo de ESO, de Rezagado, de la niña del baño, y de todos los niños y niñas que llevan más de un año y medio siendo víctimas de nuestra cobardía, nuestra hipocresía y nuestra ignorancia.

(Después de leer este verano en los periódicos que el suicidio (sí, sí, ¡el suicidio!) se ha convertido por primera vez en la historia en la primera causa de muerte entre los jóvenes españoles, me pregunto cuándo se dignarán los entes que acabo de mencionar a divulgar los resultados de ese cuestionario y, sobre todo, qué medidas adoptarán —si es que todavía quedan fondos en las arcas del Estado— para prevenir tales tragedias.)

Se acerca el final de curso y me toca preparar otro modelo de examen porque a una alumna mía se le ha antojado hacerse una PCR el día antes de la prueba por un episodio de anginas sin placas y sin fiebre. Da negativo. El jefe de estudios me confirma que por protocolo debe quedarse igualmente unos días en casa, y se encomienda a Dios y a todos los ángeles, santos y arcángeles para que a ningún alumno se le ocurra pícaramente hacerse una PCR antes de los exámenes finales ¡con lo que le ha costado cuadrar la planificación!

Por mis compañeros me entero de que se está organizando la cena de fin de curso. Me da pereza cruzar la carretera de noche, pero después de varios meses de duras restricciones en la hostelería y en las reuniones sociales, me apetece apoyar al sector hostelero y conocer gente. Corro a apuntarme a la sala de profes. En la lista leo: «Sopar de nova normalitat». Se me cae el cielo encima de la decepción. Por un instante, siento la tentación de añadirle un prefijo que yo me sé a la última palabra. Dejo la lista en su sitio y me limito a decir que si eso ya me apuntaré cuando organicen una cena normal de las de toda la vida y no estas gilipolleces. ¿«Nueva normalidad»?, ¿«enfermo asintomático»?, ¿«vacunado no inmunizado»?… Mi sentido común y de la lógica no me permiten tolerar un oxímoron más. ¿Cuál será el siguiente? ¿«Régimen dictatorial democrático» quizás?

Se acaban las clases y a los pocos días tenemos el claustro de fin de curso. Entre otras cosas, el equipo directivo nos cuenta cómo pinta el año que viene. Y pintan bastos: se mantendrán las medidas higiénicas (¿higiénicas o sanitarias?; ¡menudo lío llevo ya con tanto protocolo!) de mascarilla, hidrogel y ventilación, se reducirán mínimamente las distancias y se establecerán niveles en lugar de escenarios. ¿Niveles en lugar de escenarios? ¿Esa es la gran novedad? ¡Si es que no hay nada cómo cambiarle el nombre a las cosas para que la gente automáticamente haga un reset y se acostumbre a lo que sea y normalice cualquier aberración sin darse cuenta de que seguimos en la misma mierda! Y los niveles son: nueva normalidad, nivel de alerta 1 y 2 y nivel de alerta 3 y 4. ¿Y qué pasa con el nivel cero? Pues que no existe, porque la nueva normalidad vino para quedarse para siempre.

El equipo directivo termina de exponer la «nueva» normativa para el próximo curso. Somos más de un centenar de profes en el claustro y para mi sorpresa nadie tiene dudas, preguntas u objeciones. Siento el arrebato de hacer sonar tambores de guerra, pero me pierdo en mi debate interno. Sin apenas darme cuenta, pasamos al capítulo de agradecimientos. Si saco el tema ahora, terminaremos el curso con un mal sabor de boca por mi culpa, ¡con lo bien que lo hemos hecho todo el año! Sucumbo de nuevo a lo políticamente correcto y me callo.

Soy consciente de que seré la comidilla del insti y de la comunidad educativa en general por este escrito, y de que a unos les faltará tiempo para saltarme a la yugular, mientras que otros aplaudirán con las orejas. Lo cierto es que, a las puertas de un nuevo curso escolar nuevamente con protocolos injustificados, ilegales e indignos, me importa tres pepinos que mis palabras levanten ampollas. Ha llegado el momento de decir BASTA. ¿Acaso hay alguien que no se haya enterado aún de que el primer estado de alarma ha sido declarado inconstitucional por la máxima instancia judicial del país? ¿Y que con el segundo estado de alarma ocurrirá muy probablemente tres cuartos de lo mismo? ¿Ha dimitido alguien por ello?

Que busquen las autoridades la manera de gobernar, con o sin pandemia, dentro de los límites de la Constitución y del ordenamiento jurídico prepandémico, sin violentar nuestro libre albedrío y sin pisar nuestros derechos y libertades, que bastante tenemos ya los ciudadanos de a pie apañándonos para llegar a fin de mes a pesar de la inflación, de la subida de la luz, de la elevada tasa de desempleo, de la falta de ayudas…, y de su gestión deliberadamente nefasta de esta crisis por la que únicamente nosotros pagamos el pato. Los derechos fundamentales e inalienables no pueden limitarse o suspenderse indefinidamente, que por algo son FUNDAMENTALES e INALIENABLES.

El día de la marmota se ha instaurado en los coles y en todos los ámbitos de nuestras vidas, pero la mayoría no quiere darse cuenta, y mucho menos pensar, cuestionar, investigar, escuchar, debatir, hablar… ¡A obedecer todos sin rechistar, que las órdenes vienen de arriba!

Maria Sintes

Por una educación digna, libre y consciente

1 COMENTARIO

  1. Conmovedor artículo. Muchas gracias por tu valentía, No estás sola. A mí se me ha hecho inadmisible y he abandonado la docencia, no sin combatir antes, en la medida de mis fuerzas, todo lo que he podido. ¡Ánimo, María!

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