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Coronavirus: otro momento 11-S para Occidente

La pandemia del coronavirus es un momento 11-S. Para entonces Al Qaeda ya llevaba años en guerra contra Occidente, pero fue esa barbarie lo que galvanizó a su abúlica presa. Ahora tenemos el covid-19. A diferencia de cuando el 11-S, de momento no tenemos pruebas de que China haya diseminado el virus por el mundo. Ahora bien, ciertamente hay evidencias de que deriva de las políticas del Partido Comunista Chino y de que las frecuentemente engañosas y criminalmente irresponsables acciones de Pekín le permitieron expandirse por el mundo, provocando decenas de miles de muertes que se podrían haber evitado.

A los analistas y a los políticos les preocupa que la actual situación pueda conducir a una nueva guerra fría con China. No comprenden que, de manera similar pero más trascendental que cuando el conflicto yihadista, China lleva décadas librando una guerra fría contra Occidente, mientras nos negamos a reconocer lo que pasa. Lo cierto es que, en el libreto chino, la guerra fría entre Pekín y Occidente, que empezó con la toma comunista del poder en China en 1949, nunca ha terminado. Pese al cisma chino-soviético y el consecuente acercamiento entre EEUU y China a principios de los años 70, para el liderazgo chino EEUU siempre ha sido el implacable enemigo.

Como el 11-S, el covid-19 debe forzar a Occidente a reaccionar y contraatacar.

A día de hoy, China es, de lejos, la mayor amenaza a los valores, la libertad, la economía, la industria, las comunicaciones y la tecnología de Occidente. Amenaza nuestro mero modo de vida. El objetivo de China es hacer retroceder a EEUU y convertirse en la potencia dominante para el año 2049, en que se cumplirá un siglo de la creación de la República Popular. El dictador vitalicio Xi Jinping no tiene intención de conseguirlo mediante el conflicto bélico. Su guerra no se libra en los campos de batalla sino en los despachos, los mercados, los medios de comunicación, las universidades, el ciberespacio, y en la más tenebrosa de las penumbras.

BEIJING, CHINA – OCTOBER 01: Chinese President Xi Jinping looks at the square before delivering a speech at the beginning of the military parade for the 70th anniversary of the establishment of the People’s Republic of China, on October 01, 2019 in at Tiananmen Square, Beijing, China. (Photo by Andrea Verdelli/Getty Images)

Quienes sostienen que China tiene derecho a competir con Occidente en igualdad de condiciones en los mercados libres no comprenden que Pekín no practica el mercado libre ni tiene la menor intención de competir en igualdad de condiciones. China, campeón mundial de ejecuciones, es una despiadada dictadura que tortura, hace desaparecer y encarcela a discreción, y controla a su descomunal población mediante una infraestructura de tecnovigilancia que se afana en exportar al mundo entero para imponernos su control político y económico.

China lleva décadas trabajando en esta estrategia tripartita: desarrolla su economía y su capacidad de combate, tanto en los ámbitos de la inteligencia, la tecnología, lo digital y lo espacial como en el del poderío militar duro; expande su influencia global, con vistas a explotar recursos de todo tipo y asegurar sus posiciones de control; y hace retroceder y divide a EEUU y a sus aliados más importantes.

China ha desarrollado su economía con dinero de Occidente y a expensas de Occidente, mediante el robo a escala industrial de propiedad intelectual y tecnológica, violaciones del régimen del copyright, la minería ilegal de datos, la ciberguerra, el engaño, la duplicidad, la esclavización y el inflexible control estatal de la industria y el comercio. Continúa potenciando su ya inmensa influencia por medio de la Nueva Ruta de la Seda, las inversiones masivas en África, Asia, Europa, Australia y América del Sur y del Norte, y perpetrando actos de agresión directa en el Pacífico, incluido el Mar del Sur de China (donde su proyecto de islas artificiales ha provocado una de las mayores catástrofes ecológicas de la Historia).

Todo esto cuenta con el respaldo de una multimillonaria operación de propaganda para, en palabras del presidente Xi, «contar bien el relato chino»; es decir, para difundir por doquier la ideología del PCC. Lo que incluye comprar el apoyo o el silencio de emporios mediáticos internacionales, así como recurrir a la amenaza y a la coerción. Sirva como ejemplo lo que ocurrió el año pasado cuando se forzó a la NBA a una denigrante disculpa pública luego de que el director general de los Houston Rockets tuiteara en favor de los manifestantes pro democracia de Hong Kong.

Aunque el conflicto bélico no es el instrumento estratégico preferido por China, Pekín no ha descuidado sus capacidades de combate y se calcula que gasta en este rubro 230.000 millones de dólares al año, lo que le deja sólo por detrás de EEUU. Xi viene desarrollando sus fuerzas a una escala nunca vista, con especial énfasis en la guerra naval contra América. Los planes militares de contingencia incluyen maniobras contra Taiwán y otros territorios que pretende controlar directamente. Asimismo, China se ha convertido en el segundo vendedor de armas del mundo, que vende incluso a países sujetos a sanciones de la ONU como Corea del Norte e Irán. Este mes ha entregado a Nigeria 15 vehículos blindados, incluidos tanques VT-4 como los que ha emplea el Ejército Real Tailandés y que, como la mayoría de los equipos de defensa chinos, incorporan tecnología robada a Occidente. Las ventas chinas de armamento no tienen como finalidad principal la generación de ingresos económicos, sino imponer influencia y control, conseguir aliados que funjan de satélites y desafiar a EEUU.

Las inversiones chinas penetran en prácticamente cada rincón del Reino Unido, lo que confiere a China aquí tanta influencia como en muchos otros países. Los planes para permitir que inversiones y tecnologías chinas accedan a nuestro programa nuclear y a nuestra red de 5-G incrementarán nuestra vulnerabilidad en nuestras infraestructuras nacionales críticas hasta unos niveles inauditos en cualquier otro país occidental. Hasta la BBC, que recibe financiación china, ha producido y promovido un vídeo propagandístico a la mayor gloria de Huawei, para alarma de algunos de sus propios periodistas. Todo esto pese a las repetidas advertencias del MI5 de que la inteligencia china sigue trabajando contra los intereses británicos tanto en nuestro propio país como en el extranjero.

El Gobierno chino ha desembolsado miles de millones de dólares en la apertura de Institutos Confucio en todo el mundo, sobre todo en universidades. Hay más de 500, 29 de ellos en Reino Unido y más de 70 en EEUU. Supuestamente dedicados a promover la cultura china, estas entidades se utilizan para penetrar en institutos y universidades para adoctrinar en el comunismo a los estudiantes, así como para desarrollar labores de espionaje. Hay más de 100.000 chinos estudiando en el Reino Unido. El año pasado, el MI5 y el GCHQ alertaron a las universidades de que sus sistemas informáticos y de investigación estaban amenazados por activos de la inteligencia china infiltrados entre sus estudiantes. El director del FBI, Christopher Wray, declaró recientemente que China estaba explotando con fruición la apertura académica norteamericana para robar tecnología, sirviéndose de sus «peones en los campus» y establecimiento «institutos en nuestros campus». Más ampliamente, concluyó que «ningún país representa una amenaza mayor para EEUU que la China comunista».

Inadvertidamente, un alto cargo del PCC admitió que los Institutos Confucio son «una parte importante del despliegue propagandístico chino en el exterior». Cada vez más dependientes de la financiación extranjera, las universidades occidentales han sido presionadas por los chinos para censurar debates sobre asuntos potencialmente explosivos como Hong Kong, Taiwán, el Tíbet o la Matanza de Tiananmen.

Son pocos los que en Occidente comprenden a carta cabal la amenaza que pesa sobre nuestras economías, nuestra seguridad y nuestras libertades. Son muchos los que se niegan a hablar, por cuatro razones. En primer lugar, por miedo a ponerse en el punto de mira de China y sufrir perjuicios económicos o una campaña de vilificación. En segundo lugar, por temor a la acusación de racismo, preocupación que está explotando a modo un Estado chino cuyo racismo es tremendamente obvio. En tercer lugar, por la creencia de que nuestros valores liberales pueden cambiar a quienes se nos oponen. La esperanza de que la exposición china al libre mercado, que comprendía su entrada en la OMC en 2001, tendría dicho efecto ha resultado totalmente errada y no ha hecho más que reforzar al opresivo régimen de Pekín. En cuarto lugar, numerosos líderes políticos, hombres de negocios, profesores y periodistas han sido comprados por Pekín, vía incentivos financieros o mediante chantaje.

¿Cómo puede contraatacar Occidente? Aunque sigue siendo militar y económicamente inferior a EEUU, China es una formidable y pujante potencia económica, ligada a las economías occidentales a unos niveles inauditos. Hemos de empezar a liberarnos de y sancionar a China, repatriar industrias y tecnologías y buscar fuentes alternativas, restringir las inversiones de capital allí y cortar la inversión china aquí, especialmente en infraestructuras.

Debemos reforzar y desarrollar nuestra tecnología, abandonada durante mucho tiempo al gigante chino. Hemos de aplicar las normas del comercio internacional y actuar con firmeza para impedir y penalizar la orgía china de robo industrial, que no se ha combatido durante décadas. Hemos de contraatacar globalmente contra el imperialismo y la propaganda de Pekín. Asimismo, hemos de prepararnos para el conflicto bélico y poner énfasis en disuadir la agresión china.

América comandará el contraataque, como hizo previamente durante la Guerra Fría, pero el éxito depende de que Europa y nuestros aliados de todo el mundo se mantengan de su lado durante largo tiempo. Esto no es una cuestión política partidista, sino que ha de convertirse en un elemento fundamental en las grandes estrategias de Occidente. Se trata de una misión que llevará décadas, de alto riesgo y muy costosa. La alternativa es seguir a merced del Estado comunista chino y consentir que las generaciones futuras sufran las consecuencias incalculables de nuestra inactiva ceguera.

El coronel retirado Richard Kemp, miembro destacado del Instituto Gatestone, estuvo al mando de las fuerzas británicas en Irlanda del Norte, Afganistán, Irak y los Balcanes.

Publicado en Gatestone Institute: https://es.gatestoneinstitute.org/15941/coronavirus-momento-11s
Reproducido en euskalnews.com

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