OPINIÓN POLÍTICA

Los bares no se cierran para impedir la proliferación del patógeno, sino la difusión social de opiniones contrarias al Gobierno Vasco

LOS BARES NO SE CIERRAN PARA IMPEDIR LA PROLIFERACIÓN DEL PATÓGENO, SINO LA DIFUSIÓN SOCIAL DE OPINIONES CONTRARIAS AL GOBIERNO VASCO Y LA ÉLITE POLÍTICA DE EUSKADI

¿Pero todo esto a quién le importa? Los vascos estamos tan habituados a que las cosas se hagan por «coherencia» ideológica y mandato de quienes confeccionan las listas de los partidos políticos, que si mañana la élite dispusiera que para que la vacuna contra el Covid-19 haga efecto es necesario amputarse los órganos genitales, más de un palomo conformista acabaría cantando en la misma gama tonal que los chicos del Orfeón Donostiarra. Y además, de buen talante. En fin, sarna con gusto no pica.

Acabo de echar un vistazo a los datos regionales y locales del Coronavirus, en la forma chapucera, desordenada y burocrática en que los recolecta el Departamento de Sanidad del Gobierno Vasco, y no hay sorpresas. Pese a que continúa la total descoordinación entre el registro de positivos PCR y el número de contagiados -lo cual hace imposible conocer la tendencia real del Covid-19 en Euskadi-, sí que se advierten indicios de una tendencia de mejora. El número reproductivo básico está por debajo de la unidad. Esto significa que el patógeno ya no se expande, y que incluso podría estar en retroceso.

Siendo así, no se entiende el extremado rigor de las medidas adoptadas por la administración y prorrogadas hasta después del puente de diciembre. Es absurdo pensar que un toque de queda a partir de las 10 de la noche puede influir lo más mínimo en la propagación de una pandemia, cuando a esas horas no hay casi nadie en la calle, ni siquiera en tiempos de normalidad. Con respecto a la hostelería, el mismo potencial de contagio lo presentan otros establecimientos (supermercados, transporte público, tiendas de ropa y complementos, bazares chinos) que sin embargo permanecen en funcionamiento.

Esto lleva a la conclusión de que los motivos para cerrar los establecimientos de hostelería no son sanitarios sino políticos. Bares y restaurantes actúan de un modo similar a las farmacias: como puntos de encuentro y relés de noticias y chismes. La cantidad de gente que pasa por los establecimientos, no solo para consumir bebidas, sino para socializar, intercambiar comentarios y enterarse de lo que piensa el vecino, es tan considerable que cualquier tendencia definida en su opinión y estado de ánimo se habrá de reflejar inevitablemente en la intención de voto.

Lo que la hostelería difunde no es el patógeno, sino el descontento popular por la actual situación de crisis y la difusión de un malestar social que podría traducirse en una pérdida de votos no solo para los partidos que sostienen el Gobierno, sino para todas las formaciones políticas del sistema. El cortafuegos instalado manu militari en el sector hostelero no mira por una profilaxis médica, sino por otra de carácter informativo e ideológico. Una verdad incómoda que muy pocos quieren ver.

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