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OPINION

PLANCTON – Fernando López-Mirones

  • Escrito por Fernando López-Mirones, biólogo y divulgador científico
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PLANCTON

El mar nos enseña mucho si le dedicamos tiempo. Aunque solo solemos observar la superficie plana desde afuera, allí dentro, abajo en lo azul, hay un universo tridimensional atrapado en la frontera entre el aire y el fondo, repleto de montañas mayores que el Everest, cañones más profundos que El Colorado y ríos que dejan al Amazonas como un arroyo. En ese espacio descomunal de agua las criaturas vivas que lo pueblan son definidas por la biología en cuatro grupos.

Unos son plancton, una palabra que todo el mundo conoce, pero en la cual quizá no hemos reparado; llamamos plancton a todos los seres vivos que flotan pero que son incapaces de nadar contra la corriente, se dejan llevar por las olas y los flujos que los llevan de acá para allá, no pueden decidir ni desplazarse voluntariamente más que una distancia corta. Viven pasivamente, en suspensión.

Los nadadores activos que sí son capaces de tomar decisiones se llaman necton. Un tercer grupo son los viven en la superficie del agua, los que más vemos, son los neuston. Un barco sería neuston, una tortuga sería necton.

Abajo, pegados al fondo, están, por fin, los seres vivos llamados edafón o bentos. Me resulta curioso que la palabra plancton sea tan conocida, pero sin embargo necton, neuston y edafón seguramente sea la primera vez que usted las lee.

En mi película ULTIMATÚN decía “es duro ser plancton” porque eso de tener que estar al albur de lo que el ambiente decida, a menudo acaba en tragedia, porque esos organismos terminan sus días varados en masa sobre la arena caliente de una playa.

Y me viene a la cabeza que en la vida las personas también tenemos que decidir si somos plancton o necton. El humilde pero estúpido plancton no puede hacer nada cuando las enormes bocazas de las ballenas filtradoras los engullen a trillones, mal de muchos consuelo de tontos; acaban siendo el alimento de los titanes más grandes del planeta. Sin embargo, las sardinas, los espadines, los jureles y otros peces que también son pasto de los cetáceos, son capaces de escapar, nadar, salir y tomar sus propias decisiones.

Cuando decidí dejar de ser plancton las ballenas se enfadaron conmigo. Poco después ya éramos un gran banco, pero de los buenos, creciente, millones de boquerones decididos a no ser comidos, no con tanta facilidad.

Los del bentos no tienen remedio, están pegados al suelo, nada que hacer; sin embargo cuando un creciente número de plancton decidió convertirse en necton, pasaron de ser microorganismos fast food a ser delfines, tortugas, cocodrilos y atunes capaces de nadar contra corriente.
El proceso contrario también es posible. Animales humanos que eran libres dejaron de serlo tomando una única decisión equivocada que los redujo a plancton fácil de devorar.

Si les dejamos sin plancton los megalosaurios filantropófagos morirán de hambre; la revolución nectónica está en marcha, tomemos el mando de nuestras aletas para que nadie desde fuera nos dirija la vida diciéndonos cuándo podemos salir de casa, cuándo podemos viajar o reunirnos con amigos, cuándo podemos besar, abrazar o respirar sin permiso. Un aullido.

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