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Algunas zonas de Bilbao empiezan a degradarse por el cierre de la hostelería

  • La opinión de Patxi Lázaro, colaborador de euskalnews.com
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ALGUNAS ZONAS DE BILBAO EMPIEZAN A DEGRADARSE POR EL CIERRE DE LA HOSTELERÍA

Cafeterías, bares y terrazas hacen algo más que contribuir a la economía del ocio. Con el tiempo, y de un modo que la administración no siempre ha entendido bien y con el que tampoco prefiere mostrarse demasiado comprensiva, han llegado a convertirse en auténticos agentes ordenadores del paisaje urbano. Esto es una realidad irrefutable en el modelo económico del Bilbao posterior a la Reconversión Industrial, oficialmente basado en tópicos políticamente correctos como la «cultura», el turismo de calidad o los modelos socialmente «incluyentes» y/o «sostenibles», pero que en la práctica ha sido de bares, gastronomía especializada y cuadrilleo cazurro. En el fondo, no son las normativas municipales las que articulan el espacio, sino quienes lo explotan económicamente y lo utilizan en el día a día.

Para que se entienda mejor: donde hay trajín de camareros, parroquianos tomándose el aperitivo, furgonetas de reparto haciendo su servicio, familias paseando y niños divirtiéndose con patinetes y juegos a poca distancia de donde sus papás y mamás practican el levantamiento de vaso, no queda sitio para otros usos a los que no consideraríamos tan deseables como los aquí expuestos. Pero cuando plazas, avenidas y zonas peatonales se quedan vacías, por el cierre de los locales que hasta entonces les daban vida, tienden a manifestarse algunos fenómenos espontaneos de ocupación que ya eran conocidos en los años 80 y 90 del siglo pasado, antes del «efecto Bilbao» y el boom de la hostelería.

Quien regresa a su casa en las últimas horas del día, para cumplir con el toque de queda, o sale a primera hora de la mañana para ir al trabajo, a menudo se sorprende al ver a todos esos grupitos de jóvenes universitarios, marginados sociales, colegiales chillones y otras gentes desamparadas sentados en escalinatas, quicios de portales, comercios y bancos públicos. Han bastado unos pocos días de ausencia del mobiliario habitual de las terrazas para que una fantasmal y desorganizada legión de ocupantes sin oficio ni beneficio se apodere del entorno, igual que la cizaña y los hierbajos de un campo abandonado. Que nadie me interprete mal: esto no es clasismo, sino un recordatorio a la autoridad municipal para que se haga cargo de estas situaciones con el mismo celo con que vigila el uso correcto de las mascarillas por el contribuyente de a pie o a todos esos viejos cascarrabias que sin querer se salen del término municipal mientras buscan setas en el monte.

Es de suponer que se trata de un fenómeno transitorio, y que una vez terminado el período de clausura gubernativa, las cosas volverán a la normalidad. Pero la administración municipal, que cuenta en su plantilla con tantos expertos en urbanismo de manual, debería extraer algunas conclusiones prácticas y del mayor interés para la comunidad. Entre ellas, que los perjuicios reales y demostrables de un cierre masivo de la actividad hostelera como el que estamos sufriendo en la actualidad, pueden ser mucho peores que los teóricos (y tal vez ilusorios) beneficios sanitarios que se aspiran a conseguir.

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