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OPINION

“Dignidad y amor propio” – Juan Montero

  • La opinión de Juan Montero
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DIGNIDAD Y AMOR PROPIO

«Nuestra es la victoria en la guerra moral si entendemos que no perder la virtud importa más que derrotar al enemigo».

Pizarra nº 33 del canal Donde las dan, las toman. (1)

—¿Cómo va?

—Van ganando ellos.

Entonces me unía al equipo de los perdedores para tratar de equilibrar las cosas y poco importaban en ese momento las afinidades personales o las enemistades. Si terminábamos venciendo me hacía la ilusión de que, en la medida de mis fuerzas, mi contribución había marcado una diferencia. Si por el contrario perdíamos, salía contento por haber hecho lo que para mí era correcto.

En el colegio se adquieren valores que perdurarán toda la vida. Cuando hablamos de esta calamitosa dizque «pandemia» solemos contemplar los aspectos sanitarios o, incluso, los que están detrás y en vano tratan de justificar las descabelladas medidas, los aspectos políticos y, sin embargo, suelen negligirse las consideraciones de carácter espiritual.

Hablaba el otro día a un amigo de la historia de una mujer que teniendo problemas para volver a nado a la costa fue rescatada por su marido, que pereció en el empeño. A veces, cuando la consecuencia de la omisión se hace mucho más insoportable que el propio hecho de jugarse la vida, estamos abocados al heroísmo.

Si bien se piensa, en ciertos momentos no cabe otra cosa más que dar la talla, pues esconderse o plegarse suponen actos con tributos espirituales tan inaceptables como para ser tajantemente rechazados.

En ocasiones me viene a la cabeza el caso del mayor Trapero (2). Cuando se vio en el brete de decidir su fidelidad, acuciado tal vez por el deber de mantener a su familia o de hacer frente a deudas inaplazables resolvió, me parece a mí, que debía ser fiel a su nómina, por más que en su fuero interno pensara una cosa u otra. Es una razón de peso, por supuesto. Recordemos que con frecuencia en un platillo se encuentra el beneficio material, mientras que en el otro lado de la balanza se halla la satisfacción espiritual y personal de haber estado a la altura. Optar por una solución intermedia suele ser tremendamente difícil, casi imposible. Algunos dirán que siquiera planteárselo es idiota y declamarán como papagayos que hay que estar siempre donde brille el oro. Para mí resulta igualmente ridícula la idea de vivir toda la vida con la certeza de hasta dónde puedes llegar, que no es muy lejos, y de lo que eres capaz de hacer, que no es mucho en verdad. Cada cual, como he comentado en otras ocasiones, debe establecer los límites de su coraje y de su amor propio.

Párate a pensar una cosa: ¿qué clase de escolar fuiste?, ¿cómo te comportaste en situaciones de apuro?, ¿las afrontaste?, ¿te escabulliste?, ¿procuraste una solución de compromiso?, ¿asumiste peligrosos retos?, ¿quedaste orgulloso de ti mismo? Escaladas, regañinas, empapadas, castigos, equilibrios sobre delgados muros, récords olímpicos de velocidad y salto al confrontar serpientes, peleillas de «a la salida te espero», rotura reiterada de gafas propias o ajenas, cardenales y magulladuras: decílitros de mercromina. No puedo al contemplarlo dejar de sonreír. (3)

Cuando todo esto pase o, digamos, se apacigüe; cuando el tiempo ponga a cada cual bajo el ineludible corolario de sus acciones ¿con qué imagen saldrás de ti mismo? ¿Obedeciste sin cuestionarte nada porque lo decía la autoridad? ¿Pusiste pegas pero al final cediste una y otra vez? ¿Te debates en una lucha interior que te corroe?¿Tienes acaso la certeza de haber obrado muy mal? ¿Te has achantado? ¿Has hecho todo lo posible por ayudarte a ti mismo a la vez que has ayudado a otros… o lo has hecho solo de boquilla? ¿Has demostrado tu auténtica solidaridad jugándote el tipo? ¿Te has enfrentado tal vez con la policía por tu convicción y tu sentido de la dignidad? Todas estas preguntas pueden resumirse en una sola: ¿te has comportado con dignidad y amor propio?

Mando un abrazo desde aquí a los familiares, amigos y compañeros que se subieron al carro de la impostura y posteriormente, viendo su tremendo error, no han tenido reparos en admitirlo y rectificar. Nos podría haber pasado a todos. De hecho, dudo que ninguno de nosotros no haya creído algo del fantasioso relato oficial en algún momento; argumentos que en un principio parecieron tener algún sentido y que no tardaron mucho en verse desmentidos por los hechos y por la ciencia. Unos se han dado cuenta antes y otros algo después, pero lo han reconocido y yace ahí el cociente neto de sus zozobras. Quiero dirigirme, empero, a los que habiéndose dado cuenta, movidos por motivos fundamentalmente crematísticos y repugnantemente mezquinos no admiten su error; a todos los galeotes voluntarios del oprobio que cantan para sus adentros la consabida cantinela: «Ya que me han inoculado los patógenos haré lo posible por rentabilizar mi terrible decisión y conservar el trabajo, ahora no puedo desdecirme sin quedar como un imbécil, debo mantener la pose hasta el final».

A todos ellos quiero pedirles que reflexionen. Es mejor rectificar y admitir por solidaridad, por dignidad y por el bien de todos que continuar, erre que erre, hasta desembocar en el llanto y la desesperación. Ya sé que los afirmacionistas no están versados en las operaciones lógico-formales (4), que para muchos de ellos resulta prácticamente imposible relacionar conceptos simples para extraer una consecuencia lógica, pero adviertan que en realidad los llamados héroes no son tales. Solo son personas que sopesan las consecuencias de sus actos. Sí, es cierto, en el otro lado de la balanza quedan el oropel y el aplauso de la turba inane, pero no les compensan. No les resulta aceptable arrostrar una imagen propia de mezquindad, villanía y supina cobardía durante el resto de su existencia y, por otra parte, convengamos que la decisión de sacrificar la salud (5) para conservar el salario constituye una notable paradoja porque… una vez muerto… ¡perderás el salario de todos modos!

Juan Montero

_________________________

(1) Canal de Télegram “Donde las dan las toman” <t.me/dondelasdan>

(2) Más allá de consideraciones legalistas o nacionalistas, recordemos la letra flamenca: «Esgraciaito el que toma / su pan por manita ajena / siempre mirando la cara / si la ponen mala o buena».

José Luis Trapero en Pipiwiki. <https://pipiwiki.com/wiki/Josep_Llu%C3%ADs_Trapero> Consultado el 30 de septiembre de 2021

(3) Encontramos referencias a la importancia de la infancia y la adolescencia en la formación del carácter en películas como Cuenta conmigo (Stand by me) de Rob Reiner, Verano en Brooklyn (Little men) de Ira Sachs o El camino de vuelta (The way way back) de Nat Faxon y Jim Rash. Todas las cuales recomiendo vivamente.

Lamento que Reiner haya tomado partido por un globalismo desaforado. No son esos los valores que se desprenden de su magnífico filme.

(4) En la fase de las operaciones lógico-formales la persona relaciona hechos, ideas y conceptos hasta alcanzar deducciones propias en las que intervienen cada vez mas elementos que le permiten analizar críticamente argumentarios incoherentes o absurdos. Cfr. Fase de las operaciones formales en <https://www.actualidadenpsicologia.com/etapa-de-las-operaciones-formales/> (consultado el 30 de septiembre de 2021).

(5) Los inoculados con patógenos experimentan un aumento significativo en el valor del dímero D: <https://tierrapura.org/wp-content/uploads/2021/06/SUCHARIT-MICROBILOGO832514504038494_1307532789136856173_n-1.mp4>. Véase también ¿Quién es el doctor Sucharit Bhakdi? en <https://int.artloft.co/es/sucharit-bhakdi/> (consultado el 30 de septiembre de 2021).

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