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POLITICA

Cronología comparada de una discriminación

  • La opinión de José Alcalá
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Cronología comparada de una discriminación

Estoy convencido, querido lector, de que cuando has leído una novela o visto una película sobre la II Guerra Mundial, te indignabas por la impunidad y crueldad de los crímenes nazis a la vez que pensabas “¿Cómo pudo la sociedad alemana permitir la normalización del crimen? Seguro que yo me hubiese posicionado en la resistencia defendiendo a los judíos y luchando por la libertad, contra la opresión de la injusticia”. Es lo que permite la distancia de la ficción, que podemos imaginarnos como héroes que defienden sus valores y empatizar con quien sufre. Pero es la vida diaria la que nos permite encarnar de verdad esos ideales.

Escucho últimamente multitud de opiniones de que el recorte de libertades fundamentales que estamos sufriendo se parece al que llevó a cabo Hitler en la Alemania nazi de hace casi un siglo. Y mucha gente piensa que es exagerado, que Hitler fue el causante de un holocausto que mató a seis millones de judíos; nada comparable a las necesarias restricciones de hoy impuestas por el “bien público”. Sin embargo, el gobierno nazi tardó doce años en llegar a la “solución final”. Nosotros llevamos dos años de pandemia y, desde que se declaró el estado de alarma a hoy, la carrera por el recorte de libertades y el fomento del odio es muy parecida. De todos nosotros dependerá que no acabe igual, pero es obligado estudiar más minuciosamente los primeros años de gobierno nacional socialista para poder establecer la relaciones oportunas y ver la realidad con la perspectiva que da el espejo del tiempo. La Historia, cuando se analiza objetivamente, no engaña.

Antes de que Hitler llegara al poder en enero de 1933, pasó una temporada en la cárcel, donde escribió “Mi lucha” (1925), un pobre alegato ideológico, que no es más que una incitación al odio al judío, único culpable de todos los males antediluvianos de Alemania. Lo curioso es que, consciente de que necesitaba argumentos sólidos para ganarse el favor del pueblo, no dudó en buscar el respaldo científico para justificar la supremacía de la raza aria sobre la judía. Acudieron en su ayuda las teorías raciales que pensadores marginales como el Conde Gobineau (amigo de Wagner) o Chamberlain (yerno de Wagner) publicaron en el S.XIX. Así como la teoría de la evolución de Darwin, vanagloriada aún hoy por el mundo científico. Se basaba en que las especies más evolucionadas imponían su dominio sobre las inferiores. Llevar la ciencia a la política puede resultar muy peligroso, especialmente cuando se asume como “ciencia” teorías que no han pasado el filtro del método científico y son meras hipótesis que no quieren ser refutadas. Pero para convertir la ideología en ciencia el Partido Nacional Socialista Obrero Alemán (NSDAP, “Partido Nazi” coloquialmente), contaba en sus filas con Goebels, el genio de la propaganda, aquel que decía que “una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad”. Una de sus genialidades fue producir industrialmente millones de aparatos de radios que se vendieron a precios irrisorios. Una vez que toda la población se hizo con una radio, la “Ley de Prensa”, de octubre de 1933, se ocupó de integrar la recién bautizada Sociedad de Radiodifusión del Reich en la política de propaganda del gobierno. El bombardeo continuo de la información desde un único punto de vista consiguió hipnotizar a la población y adoctrinarla ideológicamente desde el miedo. Las conferencias de prensa diarias de Goebels eran una simple transmisión de datos y consignas sobre cómo debía trasladarse la información, qué debía ser publicado y qué no. Convirtieron a los periodistas en una especie de funcionarios públicos pagados por el Estado. Así no era de extrañar que todos los oyentes y lectores de prensa acabaran creyendo la teoría científica de la supremacía racial aria. Dicha ley, expulsó de los medios de comunicación a los judíos y disidentes, manteniendo el control de la información y consiguiendo que la población mantuviese una predisposición a los perversos planes, o como poco, un apoyo pasivo. Quien no estuviese de acuerdo, el miedo a la violencia le hacía permanecer callado mirando para otro lado.

Hoy día el BOE atestigua el dinero que han recibido los medios de comunicación para tratar la pandemia con una sola voz: la del gobierno marioneta de los poderes globalistas. La violencia, de momento, no hace falta para amedrentar a quien opina diferente, pues con censurarlo y acusarlo de “desinformación”, antipatriota, fascista, criminal, insolidario, negacionista, bebelejías o antivacunas ya está condenado al ostracismo social y mediático. El control del gobierno sobre los medios y redes sociales es indiscutible, llegando a imponer una censura que no se corresponde con una sociedad supuestamente democrática. Impidiendo la publicación de cualquier noticia objetiva adversa a la versión oficial ni, por supuesto, opiniones contrarias a la estrategia (basada supuestamente en la ciencia) dictada por las élites globalistas. Pero sigamos analizando los pasos de Hitler.

El 30 de enero de 1933, el presidente de la República de Weimar, el mariscal Hindenburg, le nombra canciller, a su pesar, en un proceso no exento de controversia. Menos de un mes después, el 27 de febrero, arde sospechosamente el Reichstag, sede del parlamento alemán. Culpan a un comunista (enemigos acérrimos del nacional socialismo) y, ante el peligro de que los comunistas puedan volver a atacar, Hitler suspende el parlamento alemán, es decir, el funcionamiento democrático del país. Se arroga todos los poderes y firma tres decretos-ley para garantizar la seguridad del Estado, puesta en peligro por el virus comunista. Conviene especificar que entonces, y ahora, el decreto-ley no lo emite el poder legislativo democrático, sino que es una norma que dicta unilateralmente el poder ejecutivo (el gobierno) sin haberlo aprobado los representantes del pueblo en el congreso. Pero no pierdan detalle de esta “Ley de protección del pueblo y del Estado”, que deja sin efecto una serie de artículos de la Constitución alemana:

Art. 114, que garantiza la inviolabilidad de la libertad personal.
Art. 115, que garantiza la inviolabilidad del domicilio de todo ciudadano.
Art. 117, la inviolabilidad del correo, telégrafo y teléfono.
Art. 118, que garantiza la libertad de expresión.
Art. 123, libertad de reunión.
Art. 153, garantía de propiedad.

Con ello quedaban eliminadas las garantías de los derechos fundamentales constitucionales. La relación con las restricciones implantadas durante los sucesivos Estados de Alarma (declarados a posteriori inconstitucionales por el Tribunal Constitucional) no dejan lugar a dudas. Estos derechos suspendidos en 1933 no se recuperaron hasta que, en 1945, Hitler perdió la guerra. Los derechos suspendidos durante el Estado de Alarma no han sido totalmente recuperados, y siguen restringiéndose ignominiosamente para los “no-vacunados”, actuales ciudadanos de segunda, los judíos de la pandemia, foco de todos los ataques políticos, mediáticos y sociales. Sería interesante hablar de la Ley de Seguridad Nacional de Pedro Sánchez, recién aprobada de tapadillo el 31 de diciembre, entre cotillones y efluvios etílicos, que prevé (entre otras cosas) la expropiación de bienes en caso de crisis (sin especificar qué se considera crisis).

Estos decretazos permitían usar legalmente todo el aparato del Estado para la represión a los ciudadanos que no se sometieran a los dictados caprichosos del gobierno (avalados por la ciencia). Ya no se limitaban a boicotear los comercios de los judíos, sino que éstos se veían expuestos a atropellos “por lo civil o por lo militar”. El 7 de abril, la Ley de Reorganización del Funcionariado dictaminó la necesidad de un “Certificado Ario” para los funcionarios públicos, un “green pass” que prohibía el derecho al trabajo público de los judíos. El 25 de abril, con la Ley contra el hacinamiento en las escuelas alemanas, se reducía el porcentaje de judíos en las escuelas y universidades. Había judíos de distintos grados, según la pureza de su sangre semita. Si eras de ascendencia judía por varias generaciones, padre, madre, los dos, sólo uno de ellos, etc, podías ser calificado de mestizo en primer o segundo grado. O sea, si tenías un pinchazo, la pauta doble completa, o la tercera, que hará perder el certificado ario a los vacunados que no se pinchen de nuevo, convertidos en los mestizos de la pandemia. Poco a poco se fue pidiendo también el “certificado ario” en las empresas privadas, y fueron impidiendo el derecho a ejercer profesiones liberales como el derecho, la medicina, la enseñanza, o incluso el arte y el teatro.

En 1935 se dio un paso más en la extorsión a los disidentes y judíos, siempre desde la legalidad, dictada por el Führer, que tenía secuestrada la independencia del poder judicial. Se aprobaron un conjunto de normas antisemitas conocidas como “Leyes de Nuremberg”, aunque su nombre real fue “Ley para la protección de la sangre y el honor alemanes”. Es una traducción del pensamiento que Hitler expresa en “Mi lucha” a términos legales: ya se distingue entre ciudadanos de pleno derecho y ciudadanos sin derechos. Se prohíbe el matrimonio o cualquier tipo de relación sexual entre judíos y “ciudadanos de sangre alemana y afín”, creando un delito de “mácula racial”. Tales delitos tenían pena de prisión o trabajos forzados. Los judíos quedan excluidos de la ciudadanía alemana, que ya sólo se define en términos raciales, y los pocos funcionarios mestizos que aún quedaban en servicio, fueron cesados.

En los siguientes años se promulgarán una serie de normas legales para proceder al despojo de los bienes materiales de los judíos. Medidas que provocaron la caída de precios de las propiedades de los hijos de Sem para después ser compradas a bajo precio o, directamente, expropiadas. Tal y como está pasando hoy con infinidad de negocios que debido a los meses de confinamiento y restricciones están siendo cerrados y vendidos desesperadamente para poder alimentar a las familias. O grandes hoteles que están vendiendo a muy bajo coste su negocio a los grandes grupos internacionales de inversión. El año 1938 fue especialmente duro. La “Kristallnacht” o “Noche de los cristales rotos” marca el paso de la persecución con métodos administrativos supuestamente legales, a la violencia abierta contra todo judío. Esa noche, a la señal de Goebels, miembros de la S.A. (Secciones de Asalto) y del NSDAP (Partido Nacional Socialista Obrero Alemán) atacaron sinagogas, instituciones y comercios semitas, maltratándolos y humillándolos públicamente. Los bomberos tenían orden de proteger sólo los edificios vecinos, no las propiedades judías, que fueron saqueadas y destrozadas. El resultado fueron numerosas muertes y 26.000 judíos internados en tres campos de concentración: Dachau, Sachsenhausen y Buchenwald. Pero por si fuera poco, los daños materiales los tuvieron que pagar los judíos a través del embargo de sus seguros. ¿Llegaremos a este nivel de odio y psicosis social?¿Cuál es el límite de la exaltación del odio?¿Se hará pagar a los no-vacunados impuestos especiales, como pretende Canadá?¿Se eliminará la atención médica a los enfermos no-vacunados, como se escucha en la calle y los medios?

En paralelo, durante estos primeros años de poder nacional socialista se llevó a cabo una política sanitaria y demográfica basada en la eutanasia y la experimentación médica. El concepto de “higiene racial” llevó a plantear la eliminación silenciosa de sectores de la población no productiva como los enfermos incurables, la esterilización de las personas con taras hereditarias o el asesinato masivo de minusválidos, por “ser gravosas para los demás”, o lo que es lo mismo, por el “bien público”. No olvidemos que el pasado año el parlamento aprobó una ley de eutanasia inspirada en la misma ley nazi, que otorga al médico la potestad de decidir sobre la vida del paciente. Llegaron al extremo de la indecencia con los experimentos médicos a los prisioneros de los campos de concentración que, por supuesto, los llevaban a cabo en nombre de los avances de la ciencia, la medicina, la política demográfica y el progreso técnico, o sea, el bien público. Tal fue el horror que indujo el doctor Menguele y su cuadrilla, que en los Juicios de Nuremberg de 1945-46, se redactó un Código de ética médica que prohibía expresamente cualquier experimento médico en un paciente que no diera su consentimiento informado: el Código de Nuremberg.

Quizás convenga recordar que el suero que se está inoculando y coaccionando para ser inoculado no está aprobado por ninguna entidad médica reconocida para ello, pues está aún en pruebas experimentales. Ha sido permitido su uso por vía de emergencia. Es, por tanto, un experimento médico con una tecnología completamente novedosa que altera la genética. No se sabe aún que consecuencias podría tener a medio y largo plazo, pues no ha terminado su estudio, que se está llevando a cabo con toda la población mundial (sin difundir esta información, sin prescripciones médicas, y sin el consentimiento informado del paciente). Aunque a corto plazo empieza a haber evidencias claras de que es sumamente peligroso para un porcentaje de inoculados, como lo están publicando las cifras del VAERS, de la EMA, y de todos los gobiernos, aunque dificulten su acceso.

En definitiva, podemos comprobar en la comparativa que cambian los métodos, pero se mantienen claramente el secuestro de la ciencia, el secuestro de la razón, la incitación al odio al diferente, y la eliminación de derechos a los ciudadanos que no cumplen con los mandatos impuestos por el poder. ¿Cómo permitieron los alemanes este atropello? Gran parte de la población fue sometida a un lavado de cerebro inconsciente desde los medios de comunicación. Unos formaron parte activa en la represión a los judíos y los disidentes: los que no contemplaban más verdad que la que le dictaban desde el entorno social, completamente monopolizada por la ideología nacional socialista. Otra parte fue la disidente, víctima de estas políticas salvajes. Millones de judíos, gitanos, comunistas o simplemente gente honrada, sin etiquetas, que percibían la realidad y querían seguir pensando y actuando por ellos mismos, sin renunciar a sus valores. Pero la otra parte de la población era la que podía haber decantado el triunfo de la libertad y la justicia. Fue ese sector que miraba a su alrededor con indiferencia condescendiente. Los que “sólo cumplían órdenes” para ser buenos ciudadanos, los que miraban a otro lado mientras pegaban y humillaban a su hermano. Esos fueron los que normalizaron el mal, la gran masa inconsciente que vendió su alma por comodidad. Martin Niemöller, un pastor luterano escribió:

«Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas guardé silencio, ya que no era comunista, Cuando encarcelaron a los socialdemócratas guardé silencio, ya que yo no era socialdemócrata, Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas no protesté, ya que yo no era sindicalista, Cuando vinieron a llevarse a los judíos no protesté, ya que yo no era judío, Cuando vinieron a buscarme a mí, ya no había nadie más que pudiera protestar».

¿Qué tipo de ciudadano eres tú?

José Alcalá

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Ideas claras
Ideas claras
4 meses

Impecable artículo.

Lástima que el 80% de la población no lea un puto libro en la vida…. Eso explica la lobotomia general y el seguimiento a todo lo que dice el partido.
Aquí en euskadi cuando se junto el nacionalismo con el socialismo…. Pues salio el nacional socialismo que explica todas y cada una de las medidas aplicadas por el régimen fascista que gobierna.

El silencio cómplice de los ‘salvapatrias’ abertzales que han vendido a su pueblo por un plato de lentejas y que firman lo que les digan con tal de traer a sus presos y tocar el txistu, hace el resto.

Quien no vea la ponzoña de mierda, nepotismo y cloaca que han generado estos desgraciados y que quieren sustentar con su agenda genocida (no hay más que ver todas las páginas oficiales del gobierno asco para ver quien es su amo), es o ciego o parte de la dictadura.
Quién en una guerra no se posiciona ya ha elegido el bando.

PD. Más de 3 millones de alemanes se suicidaron al acabar la guerra siendo conscientes de la locura que habían cometido
Hoy goebbels sería feliz viendo estos dos años de cloaca, miedo y control. Ni los sueños más húmedos del 3reich hubieran imaginado esto 80 años más tarde…. Los que no han cogido un puto libro hacen el resto para que sigan su agenda.

José Miguel
4 meses

Bueno, salvo por la comparación con los nazis. Esa “Ley de protección del Pueblo y del Estado” se aprobó gracias al voto favorable de todos los partidos, menos el socialista. Cuando se elimine esta falsa democracia que tenemos, también verás una ley que disuelve el parlamento.

El ogro cabreado

Gran recordatorio.

Edurne
Edurne
4 meses

Antes de llegar a los medios de comunicación, las nuevas generaciones que construyen nuestra sociedad han pasado sus primeros veinte años de vida (mínimo) en centros escolares donde se les adoctrina en unos valores, unas creencias y unos comportamientos… ¿A cuántas familias les está importando que sus criaturas sean adoctrinadas en esta nueva locura?¿Y en las anteriores?¿Cuántos se están preocupando de que sus hijos e hijas naturalicen ciertas dinámicas, pensamientos, afirmaciones…?¿Cuántas familias sueñan con que sus hijos triunfen dentro del sistema?¿Nuestra preocupación es solo llevar o no mascarilla? Somos hijos de nuestra generación y naturalizar ciertas dinámicas lleva a reproducirlas. Así ha sido y así seguirá siendo, mientras no pongamos freno al adoctrinamiento reglado de nuestros centros escolares.

Neogoldstein
Neogoldstein
4 meses

El artículo es muy ilustrativo. Es interesante ver en detalle la cronología de los hechos y los decretos legales, que al final llevaron al Holocausto, bastantes años después.
En particular, me ha llamado la atención que desde que Hitler llega a ser Furer en el 33, hasta la noche de los cristales rotos en el 38, pasaron 5 años en los que en realidad no hubo violencia contra los judíos. Sólo una propaganda gubernamental ensordecedora que iba volviendo loca a la sociedad alemana, y una serie de decretos que iban complicando la vida cotidiana a los judíos.
En ese tramo veo un enorme paralelismo histórico.

Paco Berenguer
Paco Berenguer
4 meses

Gran artículo, por desgracia la historia nos demuestra que es cíclica y que salvando las distancias algunas situaciones empiezan a parecerse peligrosamente, gran trabajo de investigación y desarrollo cronológico comparativo.

Ernesto
Ernesto
4 meses

Buen articulo, aunque creo que deberías corregir por falso la mención a la reciente ley de eutanasia española en la que afirmas que el médico decide sobre la vida de la persona. En absoluto es de esta manera..
Un daludo

Álvaro
Álvaro
3 meses
Respuesta a  Ernesto

Muchas gracias por dejarme comentar el artículo que compara la Alemania Nazi con la España (¿nacional comunista?) actual señalando similitudes cronológicas.
Si en la descripción de Alemania hay inexactitudes no lo sé, pero en la descripción de la España actual creo que sí hay varias que van más allá de una mera interpretación.
La primera es sobre la ley de eutanasia de la que se afirma que está inspirada en la Ley Nazi y que otorga al médico la potestad de decidir sobre la vida del paciente. Parecería que si uno va al médico, éste puede decidir si curarlo o matarlo, lo cual no es cierto, por lo que creo que procedería una rectificación, aclaración o justificación de lo dicho; teniendo en cuenta además el miedo que causará a quien lo crea que lo atienda un médico o lo ingresen en un hospital.
También creo que habría que precisar que sí bien en las dictaduras los decretos-leyes son normas con rango de ley dictadas unilateralmente por el gobierno, en las democracias, posteriormente han de ser convalidados, rechazados o modificados por el parlamento.
Tampoco es exacto afirmar que un 31 de diciembre se ha aprobado la Ley de Seguridad Nacional, ya que sigue vigente la de 2015, y creo que se podría referir a la aprobación de un borrador de anteproyecto de reforma de la ley…
En general me parece muy positivo el esfuerzo de comparativa histórica que hace el artículo y que se centra en las similitudes cronológicas de ambos periodos… ahora bien, en mi opinión para que la comparación sea completa habría que dedicar el mismo esfuerzo a señalar las diferencias; caso contrario podríamos llegar a la conclusión de que un Ferrari y un Panda son iguales porque ambos tienen cuatro ruedas y un volante.

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