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Atención a la anécdota playera que nos cuenta el biólogo Fernando López-Mirones

  • Escrito por Fernando López-Mirones, biólogo y divulgador científico
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EL OSO DE BARBA

Hay un paradigma que flota como dogma en casi todas las opiniones que leo acerca de las personas. Se trata de que basamos nuestros juicios sobre otros siempre en la falsa dicotomía BUENO/MALO.

Como si aquellos a los que etiquetamos como buenos lo hicieran todo fenomenal mientras a los “malos” no hay que escucharlos jamás. La mayor parte de lo que aprendí en mi vida fue de gente muy “mala”. Por supuesto nos ponemos a nosotros mismos siempre con los buenos, y a los que no nos gustan entre lo peor.

Es un error garrafal que ignora toda la base de cualquier religión o filosofía profundas. La naturaleza humana no puede jamás interpretarse así, pues la mayoría de las veces los problemas vienen de personas buenas que actúan mal. Es decir, toda alma contiene en su interior las semillas de lo mejor y de lo peor, las cuales elige según las circunstancias. Eliges ser valiente, eliges no mojarte, eliges actuar aunque te perjudique para ayudar a otros, pero demasiadas veces lo que elegimos es, simplemente, no hacer nada.

La falta de pensamiento filosófico y religioso en las nuevas generaciones los convierte en muy vulnerables porque dividen al mundo en amigos y enemigos sin más.

Y por eso perdemos mucho tiempo en diatribas que nos empobrecen. No solo eso, una persona excelente puede, de pronto, ceder a una tentación, o presión y volverse de espaldas a una verdad que no quiere ver porque le es incómoda. La palabra tentación es la clave, existe.

Este problema no es baladí en la plandemia, pues el principal argumento de los que siguen creyendo al sistema es que “no puede haber tanta gente tan mala y todos de acuerdo”, me lo dicen constantemente.

Y tienen razón, no es gente mala la mayoría, es gente buena que actúa cobardemente, que se niega a ver lo que intuye. No son malos, están actuando mal por egoísmo y ambición profesional. No quieren perder sus cómodas vidas que tanto les costó obtener. Pero es muy fácil ver la “maldad” en los demás mientras nos creemos súper buenos… y muchas veces no lo somos.

Ayer en una playa varios chicos de unos 12 años tiraban al suelo, arrastraban por la arena y trataban mal a una chica gordita de su misma edad; al lado estaba su amiga morena, bien parecida, a la que los chicos no acosaban. Levanté la vista de mi libro y los observé largo rato. Cinco niños esmirriados torturaban a la rubia, que se quejaba. Llegado un punto me pareció una actitud que en unos años podría derivar en algo peor, y simplemente me puse de pie y los miré fijamente con cara seria sin decir nada (sé cuando un tipo de 1,90 con barba da miedito). Todos me miraron, fueron unos diez segundos eternos, seguí sin decir nada. Entonces, para mi sorpresa, fue la niña morena la que se me encaró desafiante y me dijo “¿qué pasa?”.

Enseguida la rubita torturada añadió con suavidad “sólo estamos jugando, no pasa nada”. Cesó juego perverso y me quedé pensando en este post. ¿Cual de esos siete niños es malo?

Lo cierto es que la rubita estaba ya desarrollada, y aquellos raqueros lo que estaban haciendo en realidad era tocarla fingiendo pelear, pero tenían efecto “manada” entre ellos, tres envalentonados y otros dos sin participar pero mirando sin atreverse a enfrentarse a los bravucones.
Era un juego de jerarquía sexual prímate.

Todos estarían enamorados de la morena, era la popu, la hembra alfa. La rubia se dejaba humillar para ser aceptada y ser amiga de la otra. Ellos demostraban su fuerza para exhibirse con la morena a costa de la otra pobre, que, además, cuando la quise defender los apoyó a ellos. Si en vez de 12 hubieran tenido 17, y en lugar de una playa llena de gente en pleno día fuera una calle oscura de Río de Janeiro, seguramente ni la rubia ni yo no hubiéramos salido bien parados.

¿Eran malos? ¿Tratados uno a uno, si preguntamos a su madre y abuela diría que son malos? Aquellos siete jugaban al juego de la vida mamífera. Los dos que se estaban dando cuenta de que aquello estaba mal pero no hacían nada para no comprometer su status, son ahora los pautacompleta.

Todos tenían sus razones etológicas para hacer lo que hacían. La rubia quería ser aceptada. La morena disfrutaba de tenerlos a todos dominados, los agresores competían entre ellos, y los dos cobardicas no querían líos.

Eso ha pasado en las sociedades, los siete se habrían vacunado por distintas razones, pero lo hubieran hecho. No son malos, están educados sin valores, sin autoridad y sin que un oso de barba blanca jamás les mire con el ceño fruncido.
Un aullido

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